viernes, 9 de septiembre de 2011

Qué te ha sucedido...

Volcán Ubinas

Niña buena, niña hermosa, la del amor infinito..., ¿no era acaso suficiente tu cuna pobre ¡niña humilde!?, ¿no fue suficiente perder a tu madre en tu más tierna infancia y sólo guardar el recuerdo del ser que nunca viste?. La vida se ensañó contigo, aunque eso no explique nada, porque también nada quiere explicarse... sólo recordar para recordarte.
Creciste, tierna niña, bajo el rigor del autoritarismo de un padre de carácter severo, de la madrastra que te quiso a su modo pero que te encomendaba deberes y trabajos que relegaron tu educación formal y personal y, así llegó cargada de misterios y profundamente incomprendida tu primera menstruación como una traumática incógnita, porque primero era la "faina" para los conejos y carneros, traer agua de la distante acequia, acarrear la leña y moler el trigo. Y, ese fue tu hogar, donde se compartía la pobreza, la esperanza si la cosecha era buena, los juegos con tus hermanitos y fundamentalmente "el trabajo".
Al irrumpir los albores de la juventud y tus apenas quince años partiste "a la ciudad" donde forjarías tu futuro que en realidad era desenvolverse al simple azar, constituyéndose en juguete de las circunstancias y ser pasiva del vaivén de lo desconocido, porque tú ingenuamente no te preparaste ni fuiste preparada para el reto. Tu voz y tu integridad se perdían bajo el velo del olvido...
Tu vida, sin embargo, debía proseguir y así, qué mejor... te acogieron en el hogar de tu hermana que era un cuartito alquilado, donde con los días ocurrió su fallecimiento en el amanecer de la  producción industrial salvadora y maravillosa de la penicilina y sulfamidas y tú, como era la tradición, debías encargarte de tus sobrinos y el hogar partido o sea también del esposo o el esposo de ti..., así tuviste y cuidaste esos niños y los tuyos propios.
Iniciaste tu labor monumental, que vi pero recién años mas tarde comprendí y consistía, todos los días, en trabajar y trabajar, madrugando aún oscuro para preparar el desayuno y luego ver el aseo ropa y útiles para el colegio de tus nueve hijos, luego lavar ropa y asear el hogar, nuevamente preparar los alimentos para el almuerzo, con un chupe segundo y fruta, servir los alimentos lavar ollas y platos y despachar nuevamente los retoños al colegio que era mañana y tarde incluyendo sábados, para a la salida de clases servir el lonche que consistía en leche y pan con mantequilla y, preparar la cena sopa y segundo diferentes del almuerzo y nuevamente lavar toda la vajilla, ver las necesidades de tu crianza y remendar la ropa porque la ropa se remendaba y la aparente sobreabundancia de comida era solo el temor de que los hijos enfermaran con la temible tuberculosis en tiempos sin antibióticos como los de hoy. Los domingos se iba a misa, las compras del mercado y también se trabajaba todo el día mientras los chicos se ocupaban de sus juegos. Todo en la compañía de una radio a tubos marca Mende.
También atendías a tu marido, Pepe, hombre bueno, cariñoso, trabajador, que se auto educó y poseía innegables dotes de inteligencia destacada y muchas habilidades y virtudes, afectado del machismo endémico que probablemente fué su mayor defecto, porque las flores y frutos de tal suelen ser el abuso y el autoritarismo que perjudica a la pareja y por extensión a la familia.
Quizás tus únicas verdaderas amigas fueron tu suegra Eugenia y tu cuñada solterona Judith, con la primera disfrutabas de conversaciones y salidas al cine ocasionalmente y con la segunda tribulaciones de la vida acaso buscándose simplemente para tener un interlocutor auténtico. Como caso anecdótico siempre recordarías que tu suegra nunca se enojaba o mostró enojo alguna vez lo que más que increíble pareciera ser un milagro.
Y cómo amaste a tus hijos a todos, porque día a día te consumías en la candela del amor y fuiste la vela que inmolando su luz iluminabas a los tuyos. Lo diste todo y nunca te amilanó quedarte sin nada... porque ya nada queda... todo es silencio. Y la ingratitud duele... pero estoy seguro que eso no te importa porque estás para dar y nunca viniste a pedir. Lo tuyo fue firmeza y constancia.
Mujer de convicciones, te amo y te admiro. Sé que confías en Dios... quien en su infinita bondad te reconforta y está contigo.

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