lunes, 7 de mayo de 2012

"Te deseo", de Victor Hugo


Te deseo primero que ames,
y que amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que sí es,
sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos,
y que, incluso malos e inconsecuentes
sean valientes y fieles, y que por lo menos
haya uno en quien confiar sin dudar.
Y porque la vida es así,
te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta,
para que, algunas veces, te cuestiones
tus propias certezas. Y que entre ellos,
haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil,
más no insustituible.
Y que en los momentos malos,
cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente
para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante,
no con los que se equivocan poco,
porque eso es fácil, sino con los que
se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven no
madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer
y su dolor y es necesario dejar
que fluyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras
que la risa diaria es buena, que la risa
habitual es sosa y la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras,
con urgencia máxima, por encima
y a pesar de todo, que existen,
y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un perro,
alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero
erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera,
sentirás bien por nada.
Deseo también que plantes una semilla,
por más minúscula que sea, y la
acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuantas vidas
está hecho un árbol.
Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
Y que por lo menos una vez
por año pongas algo de ese dinero
frente a ti y digas: “Esto es mío”.
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.
Te deseo también que ninguno
de tus defectos muera, pero que si
muere alguno, puedas llorar
sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que, siendo hombre,
tengas una buena mujer, y que siendo
mujer, tengas un buen hombre,
mañana y al día siguiente, y que cuando
estén exhaustos y sonrientes,
hablen sobre amor para recomenzar.
Si todas estas cosas llegaran a pasar,
no tengo más nada que desearte.

viernes, 4 de mayo de 2012

Bajo el signo de la diversión





Claudio Pérez, enviado especial de El País a Nueva York para informar sobre la crisis financiera, escribe, en su crónica del viernes 19 de septiembre de 2008: "Los tabloides de Nueva York van como locos buscando un broker que se arroje al vacío desde uno de los imponentes rascacielos que albergan a los grandes bancos de inversión, los ídolos caídos que el huracán financiero va convirtiendo en cenizas". Retengamos un momento esta imagen en la memoria: una muchedumbre de fotógrafos, de paparazzi, avizorando las alturas, con las cámaras listas, para captar al primer suicida que dé encarnación gráfica, dramática y espectacular a la hecatombe financiera que ha volatilizado billones de dólares y hundido en la ruina a grandes empresas e innumerables ciudadanos. No creo que haya una imagen que resuma mejor la civilización de la que formamos parte.

Me parece que ésta es la mejor manera de definir la civilización de nuestro tiempo, que comparten los países occidentales, los que, sin serlo, han alcanzado altos niveles de desarrollo en el Asia y muchos del llamado Tercer Mundo.

¿Qué quiere decir civilización del espectáculo? La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo.

¿Qué ha hecho que Occidente fuera deslizándose hacia una civilización de este orden? El bienestar que siguió a los años de privaciones de la Segunda Guerra Mundial y la escasez de los primeros años de la posguerra. Luego de esa etapa durísima, siguió un período de extraordinario desarrollo económico. En todas las sociedades democráticas y liberales de Europa y América del Norte las clases medias crecieron como la espuma, se intensificó la movilidad social y se produjo, al mismo tiempo, una notable apertura de los parámetros morales, empezando por la vida sexual, tradicionalmente frenada por las iglesias y el laicismo pacato de las organizaciones políticas, tanto de derecha como de izquierda. El bienestar, la libertad de costumbres y el espacio creciente ocupado por el ocio en el mundo desarrollado constituyeron un estímulo notable para que se multiplicaran las industrias de la diversión, promovidas por la publicidad, madre y maestra mágica de nuestro tiempo. De este modo, sistemático y a la vez insensible, no aburrirse, evitar lo que perturba, preocupa y angustia, pasó a ser, para sectores sociales cada vez más amplios de la cúspide a la base de la pirámide social, un mandato generacional, eso que Ortega y Gasset llamaba "el espíritu de nuestro tiempo", el dios sabroso, regalón y frívolo al que todos, sabiéndolo o no, rendimos pleitesía desde hace por lo menos medio siglo, y cada día más.

Otro factor, no menos importante, para la forja de esta realidad ha sido la democratización de la cultura. Se trata de un fenómeno que nació de una voluntad altruista: la cultura no podía seguir siendo el patrimonio de una elite, una sociedad liberal y democrática tenía la obligación moral de poner la cultura al alcance de todos, mediante la educación, pero también la promoción y subvención de las artes, las letras y demás manifestaciones culturales. Esta loable filosofía ha tenido el indeseado efecto de trivializar y adocenar la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad del contenido de los productos culturales se justificaban en razón del propósito cívico de llegar al mayor número. La cantidad a expensas de la calidad. Este criterio, proclive a las peores demagogias en el dominio político, en el cultural ha causado reverberaciones imprevistas, como la desaparición de la alta cultura, obligatoriamente minoritaria por la complejidad y a veces hermetismo de sus claves y códigos, y la masificación de la idea misma de cultura. Ésta ha pasado ahora a tener exclusivamente la acepción que ella adopta en el discurso antropológico. Es decir, la cultura son todas las manifestaciones de la vida de una comunidad: su lengua, sus creencias, sus usos y costumbres, su indumentaria, sus técnicas y, en suma, todo lo que en ella se practica, evita, respeta y abomina. Cuando la idea de la cultura torna a ser una amalgama semejante es inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una manera agradable de pasar el tiempo. Desde luego que la cultura puede ser también eso, pero si termina por ser sólo eso se desnaturaliza y se deprecia: todo lo que forma parte de ella se iguala y uniformiza al extremo de que una ópera de Verdi, la filosofía de Kant, un concierto de los Rolling Stones y una función del Cirque du Soleil se equivalen.

No es por eso extraño que la literatura más representativa de nuestra época sea la literatura light , leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir. Atención, no condeno ni mucho menos a los autores de esa literatura entretenida pues hay, entre ellos, pese a la levedad de sus textos, verdaderos talentos. Si en nuestra época es raro que se emprendan aventuras literarias tan osadas como las de Joyce, Virginia Woolf, Rilke o Borges no es solamente en razón de los escritores; lo es, también, porque la cultura en la que vivimos inmersos no es propicia, más bien desalienta, esos esfuerzos denodados que culminan en obras que exigen del lector una concentración intelectual casi tan intensa como la que los hizo posibles. Los lectores de hoy quieren libros fáciles, que los entretengan, y esa demanda ejerce una presión que se vuelve poderoso incentivo para los creadores.

Tampoco es casual que la crítica haya poco menos que desaparecido en nuestros medios de información y se haya refugiado en esos conventos de clausura que son las Facultades de Humanidades y, en especial, los Departamentos de Filología, cuyos estudios son sólo accesibles a los especialistas. Es verdad que los diarios y revistas más serios publican todavía reseñas de libros, de exposiciones y conciertos, pero ¿alguien lee a esos paladines solitarios que tratan de poner cierto orden jerárquico en esa selva promiscua en que se ha convertido la oferta cultural de nuestros días? Lo cierto es que la crítica, que en la época de nuestros abuelos y bisabuelos desempeñaba un papel central en el mundo de la cultura porque asesoraba a los ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que oían, veían y leían, hoy es una especie en extinción a la que nadie hace caso, salvo cuando se convierte también ella en diversión y espectáculo.

La literatura light , como el cine light y el arte light , da la impresión cómoda al lector y al espectador de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con un mínimo esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción.

En la civilización de nuestros días es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los "chefs" y los "modistos" y "modistas" tengan ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos. Los hornillos, los fogones y las pasarelas se confunden dentro de las coordenadas culturales de la época con los libros, los conciertos, los laboratorios y las óperas, así como las estrellas de la televisión y los grandes futbolistas ejercen sobre las costumbres, los gustos y las modas la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos. Hace medio siglo, probablemente en los Estados Unidos era un Edmund Wilson, en sus artículos de The New Yorker o The New Republic , quien decidía el fracaso o el éxito de un libro de poemas, una novela o un ensayo. Hoy son los programas televisivos de Oprah Winfrey. No digo que esté mal que sea así. Digo, simplemente, que es así.

El vacío dejado por la desaparición de la crítica ha permitido que, insensiblemente, lo haya llenado la publicidad, convirtiéndose ésta en nuestros días no sólo en parte constitutiva de la vida cultural sino en su vector determinante. La publicidad ejerce un magisterio decisivo en los gustos, la sensibilidad, la imaginación y las costumbres. La función que antes tenían, en este ámbito, los sistemas filosóficos, las creencias religiosas, las ideologías y doctrinas y aquellos mentores que en Francia se conocían como los mandarines de una época, hoy la cumplen los anónimos "creativos" de las agencias publicitarias.

Era en cierta forma obligatorio que así ocurriera a partir del momento en que la obra literaria y artística pasó a ser considerada un producto comercial que jugaba su supervivencia o su extinción nada más y nada menos que en los vaivenes del mercado, aquel período trágico en que el precio pasó a confundirse con el valor de una obra de arte. Cuando una cultura relega al desván de las cosas pasadas de moda el ejercicio de pensar y sustituye las ideas por las imágenes, los productos literarios y artísticos son promovidos, aceptados o rechazados por las técnicas publicitarias y los reflejos condicionados de un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para detectar los contrabandos y las extorsiones de que es víctima. Por ese camino, los esperpentos indumentarios que un John Galliano hacía desfilar en las pasarelas de París (antes de descubrirse que era antisemita) o los experimentos de la nouvelle cuisine alcanzan el estatuto de ciudadanos honorarios de la alta cultura.

Este estado de cosas ha impulsado la exaltación de la música hasta convertirla en el signo de identidad de las nuevas generaciones en el mundo entero. Las bandas y los cantantes de moda congregan multitudes que desbordan todos los escenarios en conciertos que son, como las fiestas paganas dionisíacas que en la Grecia clásica celebraban la irracionalidad, ceremonias colectivas de desenfreno y catarsis, de culto a los instintos, las pasiones y la sinrazón. Y lo mismo puede decirse, claro está, de las fiestas multitudinarias de música electrónica, las raves , en las que se baila en tinieblas, se escucha música trance y se vuela gracias al éxtasis. No es forzado equiparar estas celebraciones a las grandes festividades populares de índole religiosa de antaño: en ellas se vuelca, secularizado, ese espíritu religioso que, en sintonía con el sesgo vocacional de la época, ha reemplazado la liturgia y los catecismos de las religiones tradicionales por esas manifestaciones de misticismo musical en las que, al compás de unas voces e instrumentos enardecidos que los parlantes amplifican hasta lo inaudito, el individuo se desindividualiza, se vuelve masa y de inconsciente manera regresa a los tiempos primitivos de la magia y la tribu. Ése es el modo contemporáneo, mucho más divertido por cierto, de alcanzar aquel éxtasis que Santa Teresa o San Juan de la Cruz lograban a través del ascetismo, la oración y la fe. En la fiesta y el concierto multitudinarios los jóvenes de hoy comulgan, se confiesan, se redimen, se realizan y gozan de ese modo intenso y elemental que es el olvido de sí mismos.

Masificación es otro rasgo, junto con la frivolidad, de la cultura de nuestro tiempo. Ahora los deportes han adquirido una importancia que en el pasado sólo tuvieron en la antigua Grecia. Para Platón, Sócrates, Aristóteles y demás frecuentadores de la Academia, el cultivo del cuerpo era simultáneo y complementario del cultivo del espíritu, pues creían que ambos se enriquecían mutuamente. La diferencia con nuestra época es que ahora, por lo general, la práctica de los deportes se hace a expensas y en lugar del trabajo intelectual. Entre los deportes, ninguno descuella tanto como el fútbol, fenómeno de masas que, al igual que los conciertos de música moderna, congrega muchedumbres y las enardece más que ninguna otra movilización ciudadana: mítines políticos, procesiones religiosas o convocatorias cívicas. Un partido de fútbol puede ser desde luego para los aficionados -yo soy uno de ellos- un espectáculo estupendo, de destreza y armonía del conjunto y de lucimiento individual que entusiasma al espectador. Pero, en nuestros días, los grandes partidos de fútbol sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu, [...] en la que, amparado en el anonimato cálido de la tribuna, el espectador da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces hasta real) del adversario. Las famosas "barras bravas" de ciertos clubes y los estragos que provocan con sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas muestran cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que imanta a tantos hinchas -casi siempre varones aunque cada vez haya más mujeres que frecuenten los estadios- hacia las canchas, sino un ritual que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como parte de la horda primitiva.

Paradójicamente, el fenómeno de la masificación es paralelo al de la extensión del consumo de drogas a todos los niveles de la pirámide social. Desde luego que el uso de estupefacientes tiene una antigua tradición en Occidente, pero hasta hace relativamente poco tiempo era práctica casi exclusiva de las elites y de sectores reducidos y marginales, como los círculos bohemios, literarios y artísticos, en los que, en el siglo XIX, las flores artificiales tuvieron cultores tan respetables como Charles Baudelaire y Thomas de Quincey.

En la actualidad, la generalización del uso de las drogas no es nada semejante, no responde a la exploración de nuevas sensaciones o visiones emprendida con propósitos artísticos o científicos. Ni es una manifestación de rebeldía contra las normas establecidas por seres inconformes, empeñados en adoptar formas alternativas de existencia. En nuestros días el consumo masivo de marihuana, cocaína, éxtasis, crack , heroína, etcétera responde a un entorno cultural que empuja a hombres y mujeres a la busca de placeres fáciles y rápidos, que los inmunicen contra la preocupación y la responsabilidad, en lugar del encuentro consigo mismos a través de la reflexión y la introspección, actividades eminentemente intelectuales, que a la cultura veleidosa y lúdica le resultan aburridas. Querer huir del vacío y de la angustia que provoca el sentirse libre y obligado a tomar decisiones como qué hacer de sí mismo y del mundo que nos rodea -sobre todo si éste enfrenta desafíos y dramas- es lo que atiza esa necesidad de distracción, el motor de la civilización en que vivimos. Para millones de personas las drogas sirven hoy, como las religiones y la alta cultura ayer, para aplacar las dudas y perplejidades sobre la condición humana, la vida, la muerte, el más allá, el sentido o sinsentido de la existencia. Ellas, en la exaltación y euforia o sosiego artificiales que producen, confieren la momentánea seguridad de estar a salvo, redimido y feliz. Se trata de una ficción, no benigna sino maligna en este caso, que aísla al individuo y que sólo en apariencia lo libera de problemas, responsabilidades y angustias. Porque al final todo ello volverá a hacer presa de él, exigiéndole cada vez dosis mayores de aturdimiento y sobreexcitación que profundizarán su vacío espiritual.

En la civilización del espectáculo el laicismo ha ganado terreno sobre las religiones, en apariencia. Y, entre los todavía creyentes, han aumentado los que sólo lo son a ratos y de boca para afuera, de manera superficial y social, en tanto que en la mayor parte de sus vidas prescinden por entero de la religión. El efecto positivo de la secularización de la vida es que la libertad es ahora más profunda que cuando la recortaban y asfixiaban los dogmas y censuras eclesiásticas. Pero se equivocan quienes creen que porque haya hoy en el mundo occidental porcentajes menores de católicos y protestantes que antaño, ha ido desapareciendo la religión en los sectores ganados al laicismo. Eso sólo ocurre en las estadísticas. En verdad, al mismo tiempo que muchos fieles renunciaban a las iglesias tradicionales, comenzaban a proliferar las sectas, los cultos y toda clase de formas alternativas de practicar la religión, desde el espiritualismo oriental en todas sus escuelas y divisiones -budismo, budismo zen, tantrismo, yoga- hasta las iglesias evangélicas que ahora pululan y se dividen y subdividen en los barrios marginales, y pintorescos sucedáneos como el Cuarto Camino, el rosacrucismo, la Iglesia de la Unificación -los Moonies -, la Cienciología, tan popular en Hollywood, e iglesias todavía más exóticas y epidérmicas.

La razón de esta proliferación de iglesias y sectas es que sólo sectores muy reducidos de seres humanos pueden prescindir por entero de la religión, la que, a la inmensa mayoría, hace falta pues sólo la seguridad que la fe religiosa transmite sobre la trascendencia y el alma la libera del desasosiego, miedo y desvarío en que la sume la idea de la extinción, del perecimiento total. Y, de hecho, la única manera como la mayoría de los seres humanos entiende y práctica una ética es a través de una religión. Sólo pequeñas minorías se emancipan de la religión reemplazando con la cultura el vacío que ella deja en sus vidas: la filosofía, la ciencia, la literatura y las artes. Pero la cultura que puede cumplir esta función es la alta cultura, que afronta los problemas y no los escabulle, que intenta dar respuestas serias y no lúdicas a los grandes enigmas, interrogaciones y conflictos de que está rodeada la existencia humana. La cultura de superficie y oropel, de juego y pose, es insuficiente para suplir las certidumbres, mitos, misterios y rituales de las religiones que han sobrevivido a la prueba de los siglos. En la sociedad de nuestro tiempo los estupefacientes y el alcohol suministran aquella tranquilidad momentánea del espíritu y las certezas y alivios que antaño deparaban a los hombres y mujeres los rezos, la confesión, la comunión y los sermones de los párrocos.

Tampoco es casual que, así como en el pasado los políticos en campaña querían fotografiarse y aparecer del brazo de eminentes científicos y dramaturgos, hoy busquen la adhesión y el patrocinio de los cantantes de rock y de los actores de cine, así como de estrellas del fútbol y otros deportes. Éstos han reemplazado a los intelectuales como directores de conciencia política de los sectores medios y populares y ellos encabezan los manifiestos, los leen en las tribunas y salen a la televisión a predicar lo que es bueno y es malo en el campo económico, político y social. En la civilización del espectáculo, el cómico es el rey. Por lo demás, la presencia de actores y cantantes no sólo es importante en esa periferia de la vida política que es la opinión pública. Algunos de ellos han participado en elecciones y, como Ronald Reagan y Arnold Schwarzenegger, llegado a cargos tan importantes como la presidencia de Estados Unidos y la gobernación de California. Desde luego, no excluyo la posibilidad de que actores de cine y cantantes de rock o de rap y futbolistas puedan hacer estimables sugerencias en el campo de las ideas, pero sí rechazo que el protagonismo político de que hoy día gozan tenga algo que ver con su lucidez o inteligencia. Se debe exclusivamente a su presencia mediática y a sus aptitudes histriónicas.

Porque un hecho singular de la sociedad contemporánea es el eclipse de un personaje que desde hace siglos y hasta hace relativamente pocos años desempeñaba un papel importante en la vida de las naciones: el intelectual. Se dice que la denominación de "intelectual" sólo nació en el siglo XIX, durante el caso Dreyfus, en Francia, y las polémicas que desató Émile Zola con su célebre Yo acuso , escrito en defensa de aquel oficial judío falsamente acusado de traición a la patria por una conjura de altos mandos antisemitas del Ejército francés. Pero, aunque el término "intelectual" sólo se popularizara a partir de entonces, lo cierto es que la participación de hombres de pensamiento y creación en la vida pública, en los debates políticos, religiosos y de ideas se remonta a los albores mismos de Occidente. Estuvo presente en la Grecia de Platón y en la Roma de Cicerón, en el Renacimiento de Montaigne y Maquiavelo, en la Ilustración de Voltaire y Diderot, en el Romanticismo de Lamartine y Víctor Hugo y en todos los períodos históricos que condujeron a la modernidad. Paralelamente a su trabajo de investigación, académico o creativo, buen número de escritores y pensadores destacados influyeron con sus escritos, pronunciamientos y tomas de posición en el acontecer político y social, como ocurría cuando yo era joven, en Inglaterra con Bertrand Russell, en Francia con Sartre y Camus, en Italia con Moravia y Vittorini, en Alemania con Günter Grass y Enzensberger, y lo mismo en casi todas las democracias europeas. Basta pensar, en España, en las intervenciones en la vida pública de José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno. En nuestros días, el intelectual se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan. Es verdad que algunos todavía firman manifiestos, envían cartas a los diarios y se enzarzan en polémicas, pero nada de ello tiene repercusión seria en la marcha de la sociedad, cuyos asuntos económicos, institucionales e incluso culturales se deciden por el poder político y administrativo y los llamados poderes fácticos, entre los cuales los intelectuales brillan por su ausencia. Conscientes de la desairada situación a que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, la mayoría ha optado por la discreción o la abstención en el debate público. Confinados en su disciplina o quehacer particular, dan la espalda a lo que hace medio siglo se llamaba "el compromiso" cívico o moral del escritor y el pensador con la sociedad. Hay excepciones, pero, entre ellas, las que suelen contar -porque llegan a los medios- son las encaminadas más a la autopromoción y el exhibicionismo que a la defensa de un principio o un valor. Porque, en la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.

LA DESAPARICION DEL EROTISMO

[...] La literatura libertina es muy desigual, desde luego, no abundan las obras maestras entre las que produjo, aunque se encuentran algunas novelas o textos de gran valía en medio de muchas otras de escasa o nula significación artística. La limitación principal que suele empobrecerla es que, concentrados de manera obsesiva y excluyente en la descripción de experiencias sexuales, los libros sólo eróticos pronto sucumben a la repetición y a la monomanía, porque la actividad sexual, aunque intensa y fuente maravillosa de goces, es limitada y, si se la separa del resto de actividades y funciones que constituyen la vida de hombres y mujeres, pierde vitalidad y ofrece un carácter recortado, caricatural e inauténtico de la condición humana.

Pero esto no es óbice para que en la literatura libertina resuene siempre un grito de libertad en contra de todas las sujeciones y servidumbres -religiosas, morales y políticas- que restringen el derecho al libre albedrío, a la libertad política y social, y al placer, un derecho que por primera vez se reclama en la historia de la civilización: el de poder materializar las fantasías y deseos que el sexo despierta en los seres humanos. El gran mérito de las monótonas novelas del marqués de Sade es mostrar en ellas cómo el sexo, si se ejerce sin limitación ni freno alguno, acarrea enloquecidas violencias, pues es el vehículo privilegiado a través del cual se manifiestan los instintos más destructivos de la personalidad.

Lo ideal en este dominio es que las fronteras dentro de las cuales se despliega la vida sexual se ensanchen lo suficiente para que hombres y mujeres puedan actuar con libertad, volcando en ella sus deseos y fantasmas, sin sentirse amenazados ni discriminados, pero dentro de ciertas formas culturales que preserven al sexo su naturaleza privada e íntima, de manera que la vida sexual no se banalice ni animalice.

Eso es el erotismo. Con sus rituales, fantasías, vocación de clandestinidad, amor a las formas y a la teatralidad, nace como un producto de la alta civilización, un fenómeno inconcebible en las sociedades o en las gentes primitivas y bastas, pues se trata de un quehacer que exige sensibilidad refinada, cultura literaria y artística y cierta vocación transgresora. Transgresora es una palabra que en este caso hay que tomar con pinzas, pues dentro del contexto erótico no significa negación de la regla moral o religiosa imperante, sino ambas cosas a la vez: su reconocimiento y su rechazo, mezclados de manera indisoluble. Violando la norma en la intimidad, con discreción y de común acuerdo, la pareja o el grupo llevan a cabo una representación, un juego teatral que inflama su placer con un aderezo de desafío y libertad, a la vez que preserva al sexo el estatuto de quehacer velado, confidencial y secreto.

Sin el cuidado de las formas, de ese ritual que, a la vez que enriquece, prolonga y sublima el placer, el acto sexual retorna a ser un ejercicio puramente físico -una pulsión de la naturaleza en el organismo humano de la que el hombre y la mujer son meros instrumentos pasivos-, desprovisto de sensibilidad y emoción. Y de ello nos ilustra, sin pretenderlo ni saberlo, esa literatura de pacotilla que pretendiendo ser erótica sólo llega a los rudimentos vulgares del género: la pornografía. La literatura erótica se vuelve pornografía por razones estrictamente literarias: el descuido de las formas. Es decir, cuando la negligencia o la torpeza del escritor al utilizar el lenguaje, construir una historia, desarrollar los diálogos, describir una situación desvela involuntariamente todo lo que hay de soez y repulsivo en un acoplamiento sexual exonerado de sentimiento y elegancia -de mise en scène  y de rito-, convertido en mera satisfacción del instinto reproductor.

Hacer el amor en nuestros días, en el mundo occidental, está mucho más cerca de la pornografía que del erotismo y, paradójicamente, ello ha resultado como una deriva degradada y perversa de la libertad.

Los talleres de masturbación a los que asistirán en el futuro los jóvenes extremeños y andaluces como parte del currículo escolar tienen la apariencia de un paso audaz en la lucha contra la gazmoñería y el prejuicio en el dominio sexual.

En la realidad, es probable que ésta y otras iniciativas semejantes destinadas a desacralizar la vida sexual convirtiéndola en una práctica tan común y corriente como comer, dormir e ir al trabajo tengan como consecuencia desilusionar precozmente a las nuevas generaciones de la práctica sexual. Ésta perderá misterio, pasión, fantasía y creatividad y se habrá banalizado hasta confundirse con una mera calistenia. Con el resultado de inducir a los jóvenes a buscar el placer en otra parte, probablemente en el alcohol, la violencia y las drogas.

Por eso, si queremos que el amor físico contribuya a enriquecer la vida de las gentes, liberémoslo de los prejuicios, pero no de las formas y los ritos que lo embellecen y civilizan, y, en vez de exhibirlo a plena luz y por las calles, preservemos esa privacidad y discreción que permiten a los amantes jugar a ser dioses y sentir que lo son en esos instantes intensos y únicos de la pasión y el deseo compartidos...

 Por Mario Vargas Llosa | Para LA NACION




martes, 10 de abril de 2012

La herida Malvinas



El aniversario de la guerra de Malvinas nos inundó con un vendaval de palabras. Como si a la crudeza de aquellos hechos terribles se la quisiera tapar o morigerar con palabras.
Hubo actos y más actos y desde la doctora de Kirchner hasta el intendente de la localidad más modesta no se privaron de pronunciar palabras que, en general, reiteraron viejas y gastadas palabras: que Gran Bretaña se siente a negociar la soberanía, que cumpla el mandato de la ONU, que las Malvinas fueron, son y serán argentinas.
Todo ese cúmulo de palabras no ha logrado en décadas ganar un centímetro en la búsqueda de la recuperación de las islas.
Hubo, en cambio, pocas palabras que mencionaran los increíbles actos de heroísmo de oficiales, suboficiales y soldados en una guerra equivocada y con fines espurios, pero que los argentinos, en aplastante inferioridad de condiciones y mal conducidos, libraron con honor.
En un suplemento especial con testimonios sobre el conflicto que publicó “Clarín” el domingo último, el infante de Marina José Galbán, cuenta cómo terminó “luchando cuerpo a cuerpo, como los romanos”, con bayoneta calada . Y este hombre que pasó cuatro años internado por las heridas recibidas y aún tiene los nervios destrozados por lo vivido, concluye con sencillez: “Así se defiende a la Patria”.
Porque -aunque concepto olvidado- es muy honorable -palabra también archivada- morir por la Patria.
Mi compañero Osvaldo Pepe escribió en este diario que Malvinas es “esa consigna que nos aglutina”, que nos proporciona identidad y que nos instala el desafío de construir la unidad nacional.
Quizá también Malvinas sea un espejo lejano de la imposibilidad de esa unión, de esa amalgama social.
Hoy pertenecemos a una sociedad dividida y enfrentada, ensimismada en una permanente confrontación interna.
El conflicto también se da en el campo externo: recibimos las quejas y hasta sanciones de la Unión Europea, de Estados Unidos, de 40 países entre los cuales están, por ejemplo, México y Costa Rica. El gobierno alega que se trata de parte de la confrontación Norte-Sur.
Pero en las relaciones con nuestros socios del Mercosur, Brasil y Uruguay, también andamos de roce en roce. Lo mismo pasa con Chile. Sólo Venezuela y quizá Bolivia son aliados firmes de la Argentina.
Este panorama afirma un aislamiento que se cubre con los colores de un nacionalismo tardío. Nacionalismo autista, que lleva a vanagloriarse del desendeudamiento cuando la deuda externa argentina ya roza los 140 mil millones de dólares.
Y quizá por eso Malvinas aparezca como símbolo de una unión que hoy resulta utópica. Una unión que llevaría a la construcción de una sociedad racional, apaciguada, amable, progresista, normal, sin las sangres cotidianas de la inseguridad ni la dolorosa vergüenza de la pobreza extrema.
Esa sociedad utópica acaso lograría hacer oír su voz cuando reclamara por Malvinas. Porque ya no sería una sociedad insular: insulares son las islas.
(Publicado en la columna Disparador de Clarín el miércoles 4 de abril del 2012)
Por Marcelo A. Moreno

miércoles, 21 de marzo de 2012

César Vallejo... Inmortal...



YANA RUMI YURAH RUMIMAN TAWQASQA
(Piedra Negra sobre Piedra Blanca nisqa)

Wañukapusahmi
Paríspi para chayashahtin,
chaytaqa ñan yuyayniypi hap´ishaniña.
Wañukapusahmi Parispi, -chaypis manayá ayqipakusahchu-
yaqapaschá huywispi, kunan hina
p´unchaypi, puquy mit´api.

Huywispin wañusah, kunan hina harawisqay p´unchaypi,
kay taki kamarisqaypi, kachiwanmi p´usqurachikuni
millapakuspay, chaytahmi kunan sapallaypuni,
rikukuni hinantin purisqaypi.

César Vallejon wañurapun, maqayurankun
paytaqa lluy mana imamanta;
k´aspiwanmi p´anayuranku,
manchaytapuni.

Waskhawanpis wahtayurankun; chaytan rikunku
huywiskunapis, marq´aykunah tullunkunapis,
ch´in suyupas, parapis, ñankunapis ...



PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.


Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.


César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro


también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...




martes, 20 de marzo de 2012

El Amor Desmedido a los Hijos. BILL GATES



No las dijo en arameo. Tampoco aparecieron escritas en una tabla de piedra. Pero desde que las pronunció en una universidad nortea­mericana, frente a un auditorio colmado de padres de familia, las once reglas de Bill Gates para la correcta educación de hijos adolescentes se expandieron por la web con la misma potencia con que los Mandamientos de Moisés invadieron el mundo cristiano. Están destinadas sobre todo a padres sobreprotectores que "consienten a sus hijos y les dan lo que piden, aun cuando no  me lo recen". Son las siguientes. Parecen duras, pero así lo dice Gates.

ü  La vida no es justa, acostúmbrate a ello.


ü  Al mundo no le importará tu autoestima. El mundo esperará que logres algo, independientemente de que te sientas bien o no contigo mismo.


ü  No ganarás U$S 5000 mensuales justo después de haber salido de la preparatoria y no serás un vicepresidente hasta que con tu esfuerzo te hayas ganado ambos logros.


ü  Si piensas que tu profesor es duro, espera a que tengas un jefe. Ese sí que no tendrá vocación de enseñanza ni la paciencia requerida.


ü  Dedicarse a cocinar hamburguesas no te quita dignidad. Tus abuelos te­nían una palabra diferente para describirlo: le llamaban Oportunidad.


ü  Si metes la pata, no es culpa de tus padres, así que no lloriquees por tus errores: aprende de ellos.


ü  Antes de que nacieras, tus padres no eran tan "aburridos" como son ahora. Ellos empezaron a serio por pagar tus cuentas, limpiar tu ropa y escu­charte hablar acerca de la nueva onda en la que estabas. Así que, antes de em­prender tu lucha por las selvas vírge­nes contaminadas por la generación de tus padres, inicia el camino limpiando las cosas de tu propia vida; empezando por tu habitación.


ü  En la escuela puede haberse eliminado la diferencia entre ganadores y perdedores, pero en la vida real no. En algunas escuelas ya no se pierden años lectivos y te dan las oportunidades que necesites para encontrar la respuesta correcta en tus exámenes y para que tus tareas sean cada vez más fáciles. Eso no tiene ninguna semejanza con la vida real.


ü  La vida no se divide en semestres. No tendrás vacaciones de verano largas en lugares lejanos y muy pocos jefes se interesarán en ayudarte a que te encuentres a ti mismo. Todo esto tendrás que hacerlo -si lo dese - en tu tiempo libre.


ü  La televisión no es la vida diaria. En la vida cotidiana, la gente de verdad tiene que saiir del café, de la película, para irse a trabajar.


ü  Sé amable con los "nerds" (los más aplicados de tu clase). Hay muchas probabilidades de que termines trabajando para uno de ellos

Su discurso, de habla tranquila, jamás lleva poesía. Pero es potente cuando deja de lado su pasión por la tecnología y le mete con los valores más entrañables. Todavía me sorprendo con los cambios que la paternidad puede traer a la vida. Ser padre es totalmente diferente de lo que pensaba. Creía que iba a disfrutar realmente de los niños cuando fueran grandes y pudiesen interactuar conmigo. Pero me sorprendieron. Una de las cosas más divertidas es asistir en su aprendizaje, pues acaban absorbiendo todo a su alrededor. De eso aprendo mucho. Hoy sé de memoria una cantidad de canciones infantiles que jamás pensé que fuera capaz de recordar. Mis hijos me enseñaron a ser más humilde y paciente. No existe nada mejor que las ideas de los niños pequeños para colocar las cosas en perspectiva"

"Quiero que mis hijos sean capaces de tomar sus propias decisiones. Tuve mucha suerte de encontrar un campo por el cual me apasioné. Consideraba que software y tecnología eran asuntos desafiantes. Tenía una idea clara de cómo abordarlos y de esa manera el mundo podría sacar provecho de ellos. Mis padres se enojaron cuando les dije que dejaba Harvard. Pero luego lo comprendieron. Me gustaría que mis hijos tuvieran la oportunidad de escoger lo que les gusta hacer y cómo quieren pasar el resto de sus vidas".

El hombre que dice esto es también el mismo que decidió que sus dos hi­jos sólo recibirán 10 millones de dólares cada uno como herencia y destinará el resto de sus 100 mil millones a la batalla contra el Sida y el paludismo. "En muchos lugares del planeta existen personas que no tienen acceso a necesidades básicas. Por eso decidí donar, junto con Melinda (su esposa desde 1994), sumas de dinero para resolver problemas relacionados con la salud".

¿Rapto de locura, demagogia o irrefrenable inclinación caritativa? Al parecer, Gates ya no se conforma con ser reconocido como un genio y pretende pasar a la historia como el mayor filántropo. "Una vacuna bien distribuida puede ayudar a lograr la meta de un mundo libre de Sida. Melinda y yo queremos que nuestros hijos y que todos los niños crezcan en un mundo sin flagelos", justifica quien se ha convertido en el mayor donante privado del mundo.

En mayo la Fundación Gates donó 25,6 millones de dólares a la Iniciativa Internacional para la Vacuna contra el Sida (IAVI), con sede en Nueva York. Asimismo, Gates ya había donado casi 20 millones de dólares al laboratorio de informática de la Universidad de Cambridge y organizó una cena caritativa en su mansión de Seattle para donar el resultado a una universidad. El cubierto costó 1 millón de dólares.
No faltan quienes ponen en duda que las motivaciones de Gates sean meramente altruistas. En ese sentido, las especulaciones para explicar el anuncio van desde su deseo de dejar de ser criticado como poco afecto a las obras de caridad hasta un su­puesto interés para desgravar impuestos vía donaciones. Sin descartar un arrebato demagógico para evitar que Microsoft sea obligado a dividirse por las autoridades antimonopólicas estadounidenses.
Pero lejos de las polémicas, el hombre más rico del mundo, goza de las bondades del dinero y con la vida resuelta explota su faceta pedagógica. Los padres, agradecidos. Los jóvenes no tanto.






lunes, 12 de marzo de 2012

Lo que voy hacer de todas maneras.





1.- Cuidarás tu presentación día con día.
Arréglate como si fueras a una fiesta.
¡Qué más fiesta que la vida! El baño diario,
el peinado, la ropa, todo atractivo,
oliendo a limpio, a buen gusto.
El buen gusto es gratuito, no cuesta nada.
Que al verte se alegren tu espejo
y los ojos de los demás.



2. - No te encerrarás en tu casa
ni en tu habitación.
Nada de jugar al enclaustrado
o al preso voluntario.
Saldrás a la calle y al campo de paseo.
"El agua estancada se pudre
y la máquina inmóvil se enmohece".



3. - Amarás el ejercicio físico como a ti mismo.
Un rato de gimnasia, una caminata razonable
dentro o fuera de casa, por lo menos abrir la puerta,
regar las rosas, contestar el teléfono, baila aunque
estés solo(a), haz cualquier movimiento
que te despegue de la cama y del sillón.
"Contra inercia, diligencia".



4. - Evitarás actitudes y gestos
de viejo derrumbado, la cabeza gacha,
la espalda encorvada, los pies arrastrándose.
¡No! Que la gente diga un piropo cuando pasas:
"¡Qué rectecito el señor!, ¡qué guapa la señora!"
Recuerda: las canas... ¡se tiñen! y las arrugas...
¡se disimulan con una amplia sonrisa!
pero el arrastrar de pies...
¡eso sí es signo de vejez!



5. - No hablarás de tu edad ni te quejarás
de tus achaques, reales o imaginarios...
Acabarás por creerte más viejo
y más enfermo de lo que en realidad estás
y te harán el vacío.
A la gente no le gusta oír historias de hospital.
Cuándo te pregunten ¿Cómo estás?,
contestarás que: ¡Muy bien!, ¡divinamente!



6. - Cultivarás el optimismo sobre todas las cosas.
Al mal tiempo, buena cara. Sé positivo en los juicios,
de buen humor en las palabras, alegre de rostro,
amable en los ademanes. No seas un viejo (a) amargado.
Se tiene la edad que se ejerce. La vejez
no es cuestión de años sino un estado de ánimo.
"El corazón no envejece"
(el cuero es el que se arruga).



7. - Tratarás de ser útil a ti mismo y a los demás.
No eres un parásito ni una rama desgajada
del árbol de la vida.
Bástate a ti mismo hasta donde sea posible.
Y ayuda, ayuda con una sonrisa, un consejo, un servicio.
Al abrirte a los demás, dejarás de estar pensando
en un "yo" angustiado y solitario.
"Solo cuando se abre la nuez, aparece la almendra".



8. - Trabajarás con tus manos y con tu mente.
El trabajo es la terapia infalible.
Cualquier actitud laboral, intelectual, artística.
Haz algo, lo que sea y lo que puedas.
Una ocupación artesanal, un rato de lectura,
un trozo amable de TV, la música.
La bendición del trabajo es medicina para todos los males
y si ya estás jubilado, ocúpate en actividades de servicio,
los hospitales, asilos, iglesias, etc.
siempre necesitan manos que ayuden.



9. - Mantendrás vivas y cordiales las relaciones humanas.
Desde luego, las que se anudan en el hogar,
integrándote a todos los miembros de tu familia.

Ahí tienes la oportunidad de convivir con niños,
Jóvenes  y adultos, el perfecto muestrario de la vida.
Convive, pero sin inmiscuirte en los problemas de los demás,
a menos que expresamente te pidan un consejo,
recuerda:  "Ver, oír y callar." (lo que estas en rojo es muy
importante tomarlo en cuenta).



10. - No pensarás que "todo el tiempo pasado fue mejor".
Deja de estar condenando tu mundo
y maldiciendo tu momento. No digas a cada palabra:
"las cosas andan mal, allá en mi tiempo...",
"recuerdo que antes..." No vivas de recuerdos,
mira hacia el futuro con alegría.
¡Ponte nuevas metas, haz planes, sueña...!
Positivo (a) siempre, negativo (a) jamás.
Toda persona debiera ser como la Luna:
destinada a dar luz...
y como el Sol siempre dando calor...