martes, 14 de febrero de 2012

Elogio del silencio y de la lentitud




En aquel lejano tiempo futuro, cuando “la inmensa mayoría” de los seres humanos vivían estresados por la velocidad, por la rapidez desesperante de los sistemas y las exigencias, por la urgencia implacable de los plazos, de las ineludibles fechas de vencimiento, de las férreas metas por cumplir, algunos hombres y mujeres sacaron el pie del acelerador del tiempo y de las horas, y decidieron vivir una vida natural.

En algún momento de aquellos tiempos vertiginosos y acelerados, los seres humanos se preguntaron si en realidad son felices o no… y sucedió que la palabra “felicidad” les produjo temor…

Aquellos humanos decidieron vivir y ser felices en la lentitud de los procesos naturales, en la calma de las conversaciones tranquilas, en el silencio de la reflexión, en la tranquilidad de la lectura meditada, en la búsqueda interior del mundo exterior sin necesidad de mediadores tecnológicos, en la necesidad profunda y cada vez más acuciante de tanta reflexión necesaria antes de tomar decisiones apresuradas.

Decidieron entonces que los recursos tecnológicos -esa barahunda insoportable e invasora de aparatos y dispositivos- debían utilizarse como herramientas accesorias y meramente supletorias para comunicarse, para entenderse y para integrarse, y no más como máquinas alienantes creadoras de dependencia y de sujeción. Llegó así el tiempo de la tranquilidad.

Entonces esos seres humanos, generalmente instalados en la cultura de la provincia, del barrio, del hogar familiar, del pueblo y de la vida rural, caminaban y se detenían a saludar a los amigos, meditaban caminando al tiempo que marchaban meditando, se permitían una pausa cuando otros se apresuraban, daban riendas a la sonrisa y a la alegría, hacían su trabajo sin esperar la sanción controladora del jefe… iban lento para que la velocidad no los mate, iban despacio para no perder contacto con la humanidad, iban en silencio para escuchar todas las voces…

Sintieron los humanos que el silencio y la calma, les llevaban hacia la libertad, mientras que la velocidad y el ruido los sometían a la tiranía casi invisible del control, de la vigilancia y de la dependencia. Qusieron entonces sintonizar el silencio.

El silencio fue así una atmósfera abierta, de calma, de tranquilidad apacible, de conversación y de encuentro, de encuentro de las miradas y los rostros, de convergencia de las personas y los seres, de abrazo y reencuentro con la naturaleza y sus ritmos naturales y cíclicos. Aquellas ciudades aceleradas y basadas en ritmos veloces de vida, se volvieron gradualmente ciudades lentas, es decir, ciudades a escala humana y dignas de ser vividas.

Desaparecieron entonces casi como por arte de magia … esos sujetos enfermos que pasan corriendo desgarrando la noche de la calle con sus motocicletas a 100 kilometros por hora a las 4 de la mañana del día sábado … esos automovilistas desesperados que corren con sus tubos de escape resonantes … esos gritos e insultos mutuamente proferidos en las esquinas congestionadas del centro urbano … esos cortadores de pasto con sus máquinas infernales de desmalezar interrumpiendo la siesta de los seres humanos … esos celulares imprudentes sonando en medio de la misa, del concierto, de la sala de clases o de la reunión … esos desesperados jefes gritando a sus empleados por el incumplimiento del horario y de las metas … desaparecieron los relojes que intimidan al tiempo, las alarmas que anuncian castigos y limitaciones…

En esa cultura del siencio y de la lentitud que se les iba haciendo cada vez más cómoda, más vivible y menos estresante, los humanos se buscaron a sí mismos

… y entonces comenzaron a ser felices…

Manuel Luis Rodríguez U.


domingo, 15 de enero de 2012

SISAY PACHA (Tiempo de florecer)


"... y le conté la tristeza que tuve al separarnos..."

La soledad en las cumbres andinas y quebradas circundantes, con el frio el tenue aire seco y el viento sibilante, el paisaje las pajitas y otras plantitas de altura, es una sensación que atenaza el alma que te hace conocer el término insignificante sin preguntártelo. Pero ello no es sino el inicio del periplo, si acaso no viviste una noche en estos lugares bajo un cielo estrellado, donde la tierra el silencio y las estrellas se hacen infinitos... Y, como corolario, el amanecer y la salida del sol... te dejan alelado, absorto, ante una página en blanco que tú escribirás…
Igualmente, la infinitud de la pampa argentina, sus bosques, llanos, cadenas montañosas y muy diversa vegetación que, si tienes el privilegio de disfrutar también en sus matices por las noches y al amanecer... es un todo que constituye un espectáculo maravilloso donde las palabras quedan cortas siquiera para intentar describirlo...

"Cada vez que tengo en mis manos un texto tuyo me recuerda las bellas cartas que me escribías allá lejos y hace tiempo..."

Córdoba, Tucumán, Salta, Jujuy, San José de los Pocitos, Yacuiba, Tarija, Potosí, Oruro, El Alto, La Paz, Desaguadero, El Titicaca, Puno, Juliaca, Arequipa y Lima, fue la ruta que te alejó de mi... En realidad partía lleno de sueños y esperanzas, con la convicción profunda de volver a ti la elegida para compartir la aventura de la vida… y cómo la habría disfrutado, mirándote a los ojos cada nuevo amanecer, viviendo tus palabras risas y sonrisas en un mundo solo nuestro edificando el amor sólido e inquebrantable… Sin embargo hubo otros designios, donde los sueños y esperanzas tienen un modo de caerse, quizás abismos del alma donde el existir roto cual copa de frágil cristal no encuentra rumbos. Y, casi todo se deshizo por la fatal falta de decisión de no saber asumir un lapso de dos años que caprichosamente el destino puso de por medio… Luego, sólo quedaban recuerdos, ideales truncados, remembranzas del ayer que evidenciaban una promesa rota. Es posible, no sé por qué razón, que dudara de ti, que creyera que nunca esperarías ese tiempo y dos años… tan cortos… los intuía como una eternidad... Hasta en un momento pensé que te amaría más, que el amor llegaría a su clímax si te perdía y te amaba en silencio. (Nunca dejé de amarte, no te pido nada porque todo me lo diste… Perdóname).

Lo demás… fueron solo consecuencias, así fueran vividas con dedicación, intensidad y pasión… acaso una vida en un mundo paralelo…

Rosario, Pueblo Esther, Arroyo Seco, San Nicolás Pergamino, Fisherton, Casilda, Cañada de Gómez, San Justo, Victoria, Esquina, Paraná, Jobson, Vera, Nogoya, Curuzú Cuatiá, Mercedes, Santo Tomé, Villaguay, Posadas, Encarnación, Oberá, Cataratas del Iguazú, Foz do Iguacú, los Esteros del Iberá, Humahuaca, el Valle de la Luna, Mendoza (con San Martín, Lavalle, Tupungato, Tunuyán, Luján de Cuyo y Maipú); San Luis y sus enormes llanuras secas que hoy son aptas para la agricultura y siembra de soja gracias a una lluvia que nunca antes se daba, Villa Mercedes, Río Segundo, Córdoba, Río Cuarto, Villa María, Marcos Juárez, Neuquén; y lo que no conocí: San Carlos de Bariloche, El Calafate, Glaciar Perito Moreno, Ushuaia, es todo lo que te acerca a mí... porque no fueron lugares o pueblos inertes, fue calor dulzura personas ternuras emociones sentimientos que construyeron mi amor por ti, porque nunca te idealicé y más bien te encontré en cada pueblo entorno pago o lugar que visité, en el río campo bosque arroyo bañado desierto donde estuve, en el viento la lluvia la brisa el aire que viví, porque contigo anduve por pampas valles y quebradas, todo lo que me hizo amarte para jamás olvidarte porque te tengo en las entrañas y vives en mí.

"...mis ojos no pueden dejar de humedecerse, mi corazón palpita aceleradamente..."

De algún modo somos..., tú la generosa y fértil pampa argentina con sus variopintos y espectaculares paisajes y, yo la agreste topografía que muestra el suelo peruano, la peculiar orografía, la costa y sus ríos intermitentes y caudalosos y, la vasta e intrincada Amazonía... ("Dejar que el amor sea lo que debe ser: la savia del árbol, las alas del alma, el color del agua, las estrellas en el fondo de los ojos, la locura en el pensamiento, el calor de la piel... Dejar que el amor sea suficiente").

"...te recordé todo el día con mucho cariño y alegría, te lo había prometido..."

Te decía que la cotidianeidad nunca volvería a ser la misma... (“Estuve todo el tiempo extasiado con tu presencia, relato, apreciaciones, comentarios. No hiciste ningún reproche y a tus ojos asomó una lágrima que no merezco…”). Con tus palabras has creado un mundo nuevo… estaba en la oscuridad… me has tendido la mano… cual regalo me das tu mirada, compartes tus penas y alegrías y, en breves palabras, me rescatas del olvido. -¿Cuánto te quiero? –Pienso que tú eres lo mejor que me ha sucedido, lo que da significado a mi vida, porque los breves momentos que viví contigo fueron eternos…, y hoy, más que  nunca, son parte vívida de mi existencia…: la primera vez que te vi y me quedé sin aliento pues me deslumbraste, los paseos en moto…, tu pueblo natal, el atrevimiento de tomar tu mano y el tuyo de corresponderlo, las fotos…, cuando en Fisherton me acompañaste en el Piper Colt… el primer beso…, el Parque Independencia… las fotos que en slides conservé 45 años… el restaurante La Querencia… y otros que omito como a las personas con quienes gratamente compartimos y que no es el caso mencionar. Cuántos lugares, que tu presencia hizo hermosos… cuántas palabras nacieron de este amor y crearon un mundo de significados… cuántas promesas y ternuras que nunca han de morir y vivirán siempre. -(“Mañanitas dormidas, puertos de ausencia te hacen llorar; lágrimas de amargura que el tiempo nuevo sabrá borrar”)-. Porque tus palabras… toda tú… haces que los dos estemos en un punto donde confluyen todos los puntos, -el Aleph de Borges-, y podamos vislumbrar y comprender todo un pasado que es presente y es futuro. Y, por qué no decirlo, me hace sentir en el umbral del universo….

"...yo no te olvido, un beso..."

Querida mía, hoy sé que nos atreveremos a fluir en el río de la vida, en el sentido de la existencia, transitaremos por la incertidumbre y aceptaremos los cambios y misterios de este devenir...
Cómo olvidar, dulce mujer hermosa, tu presencia física… tus ojos… tus labios… tu rostro… tus manos; cómo olvidar tus palabras… tus gestos y ademanes, tu suave andar, tus risas y sonrisas; cómo olvidar tu esencia… tu alma y corazón que se hacían trasparentes en cada instante; cómo olvidar las caricias… tu aroma… los besos y embelesos… si tú vives en mí…

Carlos

martes, 10 de enero de 2012

El orden espontáneo


El Negro Cucaracha fue uno de los capos indiscutidos de una de las cárceles de Lima durante muchos años y, me dicen, tiene el cuerpo hecho un crucigrama de cicatrices de tanta cuchillada que recibió en esos tiempos turbulentos. Es un moreno alto, fornido y de edad indefinible a cuyo paso la gente de Gamarra se abre como ante un río incontenible. Me lo han puesto de guardaespaldas y no sé por qué pues en este rincón de La Victoria me siento más seguro que en el barrio donde vivo, Barranco, donde no son infrecuentes los atracos con pistola.
El Negro Cucaracha es ahora un hombre religioso y pacífico. Se ha vuelto evangélico, anda con una biblia en la mano y en el largo paseo me recita versículos sagrados y me habla de redención, arrepentimiento y salvación con esa seguridad del creyente radical que a mí siempre me pone algo nervioso.
Gamarra comienza donde termina Mendocita, ahora un sector de La Victoria de clase media modesta, donde, en mi primer año universitario, 1953, yo participé en una encuesta para averiguar la composición social de la que era entonces la barriada más pobre y violenta de Lima, recién formada por migrantes que bajaban de la sierra en busca de trabajo. Mendocita ha progresado mucho desde entonces, pero lo que constituye un prodigio de desarrollo es la contigua Gamarra, paraíso de la informalidad y el capitalismo popular, y soberbio ejemplo de lo que Friedrich A. Hayek llamó el orden espontáneo. En este puñado de manzanas cuya densidad demográfica a estas horas de la mañana es la de un hormiguero, se produce más riqueza y hay más transacciones comerciales que sin duda en ningún otro lugar del Perú. Y por aquí no pasó el Estado ni gobierno alguno, ni las instituciones financieras formales, ni los créditos bancarios ni las normativas del Perú oficial. Todo esto que fermenta a mí alrededor con un dinamismo enloquecido es una creación de provincianos pobres y misérrimos que, huyendo del hambre, el desamparo y la violencia, dejaron sus aldeas andinas y, como no encontraron en la capital el trabajo que buscaban, tuvieron que inventárselo.
He venido porque hace unos días un empresario amigo que conoce bien Gamarra me contó algunas anécdotas sobre los personajes del lugar que me dejaron estupefacto. Me habló de un puneño al que llamaremos Tiburcio, a quien vio llegar a Lima muy joven, con poncho y ojotas, que sobrevivió vendiendo chupetes por las calles, y que ahora alquila tiendas y talleres de manufactura en estas calles por dos millones de dólares al mes. No exageraba ni una pizca. Tiburcio es uno de los íconos del barrio. Tiene once edificios, incontables tiendas y talleres y, desde hace poco, una fábrica de etiquetas en México.
Me recibe en el más moderno de sus locales y me muestra orgulloso una foto panorámica del minúsculo pueblecito, a orillas del lago Titicaca, donde nació. Habla un buen español, con música aimara, y despide energía y optimismo por todos los poros de su cuerpo. ¿Cómo lo hizo? Trabajando día y noche, ahorrando lo que podía y durmiendo en las calles, al principio. Lo ayudaron otros puneños que habían ya progresado y, por eso, él ayuda a los provincianos que vienen a Lima sin otro capital que su voluntad de salir adelante. Me asegura que el dinero que presta se lo devuelven en el 99 por ciento de los casos. “Me sobran dedos en las manos para contar las veces que me han estafado. Y eso que nunca pedí recibo por los préstamos”. Ha crecido tanto que, ahora, intenta formalizar por lo menos una parte importante de sus negocios y, para ello, ha contratado como gerente al primer banquero que le abrió una cuenta corriente.
Son pocas las transacciones que se hacen en Gamarra que figuran en contratos. Prima la palabra, que es sagrada, y el que la viola la paga: se le cierran todas las puertas y se vuelve un apestado. Le conviene huir y no volver por estos lares. Por doquier me dicen que la delincuencia es menor que en otros barrios y que no son muchos los dueños de negocios y locales que tienen seguridad privada.
El precio de la propiedad alcanza cifras vertiginosas. Mi amigo me jura que, aunque parezca imposible, no hace mucho se vendió un local en el epicentro de Gamarra ¡a 28 mil dólares el metro cuadrado! Es decir, más caro que los barrios más caros de Nueva York, Fráncfort, Zúrich o Tokio.
Se comercia de todo pero principalmente paños y telas, y ropa que es confeccionada en talleres del mismo barrio. Son centenares, equipados con maquinaria muy moderna, y miríadas de trabajadores de ambos sexos que hilan, cortan, cosen y empaquetan a un ritmo frenético, a menudo oyendo huaynos y música chicha por altoparlantes a todo volumen. Algunos talleres están en las alturas, con una vista circular sobre el centro de la ciudad y los cerros aledaños, y otros en sótanos atestados que se hunden cuatro o cinco pisos en el subsuelo limeño. Mañana y tarde un verdadero río de camiones, camionetas, autos y hasta carretillas y motos se llevan esa mercadería por todos los rincones del Perú y también al extranjero.
Una de las tiendas mejor provistas es la de don Moisés (tampoco éste es su nombre). Es uno de los más antiguos y respetados comerciantes del barrio. Todos hablan de él con reverencia y gratitud. No es un provinciano sino un criollo, uno de los pocos que representa a Lima en este Perú en pequeño formato que es Gamarra. Según él, este emporio nació en los años sesenta, cuando algunos migrantes advirtieron que los camiones que traían animales y artículos de panllevar al Mercado Mayorista regresaban vacíos al interior del país. Se les ocurrió entonces utilizar ese transporte para enviar mercancías a sus pueblos y así comenzó a rodar la bolita de nieve que convertiría este pedazo de la vieja Lima en el vórtice de trabajo y riqueza que es ahora.
Los empresarios y comerciantes de Gamarra son unos liberales que se ignoran. Desconfían del Estado y del gobierno y repiten como un mantra: “¡Si sólo nos dejaran trabajar!”. Ahora se quejan de la disposición que prohibió temporalmente y aún mantiene ciertas restricciones para importar hilados de la India, una medida que, dicen, ha conseguido el lobby de los productores de hilados nacionales, más caros y menos variados que los que traían de Bombay o Kerala. Eso encarece sus costos y favorece a los fabricantes colombianos, sus grandes competidores en el mercado manufacturero nacional y americano. ¿Qué quisieran, pues? Que se abrieran las fronteras y la globalización de la que tanto se habla fuera una realidad también en el Perú.
Las horas que paso en Gamarra me ilustran mejor que muchos estudios sobre el Perú de nuestros días. En las elecciones del año pasado, cuando advirtieron que los pobres del Perú votarían por Ollanta Humala, las clases dirigentes (que nunca han dirigido nada y vivido casi siempre del mercantilismo) entraron en pánico y, creyendo que se venía un segundo Hugo Chávez, volcaron todo su poderío a favor de Keiko Fujimori, la hija del dictador que cumple 25 años de cárcel por asesino y por ladrón. Pese a ello, esta última perdió la elección. Humala ha respetado escrupulosamente la Hoja de Ruta que prometió seguir en la segunda vuelta electoral, es decir, mantener la democracia y las políticas de mercado que en los últimos once años han traído al Perú un desarrollo sin precedentes en su historia.
¿Por qué el presidente Humala tomó distancia de Hugo Chávez y adoptó las políticas de Brasil, Uruguay o Colombia? Más que por una conversión ideológica, por una percepción clara de la realidad: porque, para que sea posible la inclusión social que es su objetivo primordial, es indispensable que haya riqueza y empleo y para ello no hay otro camino que el que siguen los hombres y las mujeres de Gamarra. Estos descubrieron a través de su experiencia algo que todavía muchos dirigentes de la izquierda, cegados por la ideología, se niegan a aceptar: que el verdadero progreso social no pasa por el estatismo ni el colectivismo –inseparables a la corta o a la larga de la dictadura– sino por la democracia política, la propiedad privada, la iniciativa individual, el comercio libre y los mercados abiertos.
El Perú va por el buen camino y ni la derecha fujimorista ni la izquierda obtusa y anacrónica están por el momento en condiciones de apartarlo de él.
Lima, diciembre de 2011
Por: Mario Vargas Llosa

lunes, 19 de diciembre de 2011

Lo que importa es la cantidad, no la calidad

Molino de Sabandía


Habrá oído el argumento. ¡Es tan prístino! Toda vez que se habla de Twitter, Facebook e Internet se machaca en el mismo mortero: que todas esas voces hablando a la vez no tienen ningún valor; que lo que importa es la calidad, no la cantidad.

Me imagino cómo se sienten. Durante los primeros 4500 años de historia escrita tuvieron control sobre la información. De pronto, un tipo de Maguncia inventó una máquina que permitía hacer copias en serie de páginas de texto en forma rápida y económica y ahí las cosas se descalabraron bastante. Pero incluso después de Gutenberg el número de voces independientes siguió siendo relativamente pequeño. Todavía era posible perseguirlas, censurarlas, aniquilarlas. Con todo, esas pocas voces lograron modelar un mundo más justo y más diverso. No perfecto, claro. Pero sí mucho mejor. Había disenso, o al menos la posibilidad del disenso.

¡Pero ahora! Resulta que una banda de hippies inventó esto de Internet y por muy poco dinero cualquiera que sepa leer y escribir puede andar por ahí diciendo lo que se le ocurra. No hay persecución que valga. Así que se les da por el lado de la descalificación. "Todas esas voces hablando no tienen ningún valor, son ruido de línea -sostienen-. Lo que importa es la calidad, señores, no la cantidad."

¿Quién estaría dispuesto a refutar una verdad tan evidente?

Con permiso, ahí voy.

Ni árboles ni bacterias

No, no voy a plantear que siempre existieron los rumores y que la cantidad de cuentos que se nos han impuesto a lo largo de la historia es tan inmensa que, en realidad, nunca hemos tenido demasiada calidad . Eso sería aceptar el argumento. Y ocurre que no lo acepto.

Tampoco diré que habría que definir calidad y determinar quién puede ser el juez de tal parámetro. Eso no sólo sería aceptar el argumento, sino, además, colaborar con su aplicación.

Lo que digo es que lo único que importa es la cantidad de voces, no la calidad, y que siempre fue así.

El control de la información ha sido la base del poder político y económico desde que existe la civilización. Hay otros pilares, pero éste es el fundamental. No digo que esté mal. Es como es. No somos árboles ni bacterias ni gatos monteses. Quienes controlan la información lo controlan todo. Así que la cuestión nunca tuvo que ver con el sustantivo información de la oración que precede, sino con el pronombre quienes .

Basta echarle un vistazo a la historia para observar una regla de hierro (literalmente). Todos los gobiernos autoritarios se ocuparon de destruir las voces disidentes. Devastaron la prensa opositora como primera medida; tampoco les fue mejor a los artistas que no comulgaba con su épica ni a los científicos demasiado innovadores.

Es una plaga

Por eso, la pregunta no es ¿este dato es cierto, es verdad, es de buena fuente, es real? , sino ¿quiénes controlan la difusión de este dato?

El número de individuos que decidía qué sabía el público fue siempre muy pequeño. Esto es bueno, si estás entre esas pocas personas, porque, sin importar la calidad de la información, podés imponer una idea, una visión del mundo, lo que te venga en gana. Es más: podés imponer el mito de que tu voz es la única calificada, que es de calidad.

En ese sentido, las cosas no han cambiado nada. Sólo que ahora, el quienes se ha multiplicado hasta valores nunca vistos (o imaginados). Como el número de miradas y de voces es descomunal, es imposible ponerles coto. Acallás una aquí y aparecen cien mil allá. ¡Es una plaga!

Por eso, súbitamente, les sale esta irrefrenable vocación por la calidad. Porque la amenaza está en el número, está en que no se puede perseguir, desterrar ni eliminar 2000 millones de voceros.

Subvencionan su argumento con pruebas no menos contundentes. Cualquiera que mire durante diez minutos su línea de tiempo en Twitter o se pase un rato leyendo las noticias de Facebook caerá pronto en la cuenta de que gran parte de lo que se propala es, para decirlo suavemente, olvidable. ¡Quod erat demonstrandum!  "Eso de la voz colectiva en realidad es -concluyen- un montón de rumores y trivialidades."

Un error de perspectiva. Un fatídico error de perspectiva. Twitter, Facebook o Google Plus están llenos de las cosas que se nos van pasando por la cabeza. No me vengan con el latiguillo de la calidad porque, lejos de ser un defecto, el valor de Internet reside precisamente en que no hay allí edición. Puede que durante gran parte del tiempo nos la pasemos entretenidos en #esto o #aquello,  pero esa ligereza es sólo aparente. Es una ilusión.

Lo que llaman ruido de línea, rumores, banalidades, eso que califican de baja calidad , es el tranquilo rumor del mar en un día calmo. No parece importante. Mucho menos parece amenazador. Pero, trivial o no, ese rumor no se puede controlar. Es el murmullo de la voz global. Puede convertirse en iracunda tormenta o en imparable tsunami en cualquier momento.

Apaguemos Internet

Por algún motivo, sin embargo, se insiste con la fantasía del control. Los proyectos de ley SOPA y PIPA, en Estados Unidos, y otros de su clase en otras naciones, pretenden que es posible evitar el robo de propiedad intelectual bloqueando dominios, filtrando protocolos y cosas así. Sí, claro que es posible, pero las consecuencias serían nefastas.

No sólo porque esta clase de intervencionismo va a terminar por romper la Red, como explicaron en una carta más de 80 ingenieros y fundadores de Internet, incluido Vinton Cerf, hace unos días, sino porque pondría en jaque la libertad de expresión, dándole herramientas idóneas a los gobiernos autoritarios para la persecución y la censura.

Así que, ¿por qué no hacer las cosas más sencillas y apagar Internet de una vez? Ya está. Fue bueno mientras duró. Que nos canjeen la computadora por un lindo lavarropas programable o un freezer familiar y que nos reemplacen el plan de datos por, no sé, ¿un año gratis de TV por cable? Volveremos a las estampillas. Después de todo, ¿no estábamos tapados de mails? ¿No era que el exceso de información nos tenía estresados? ¡Apaguemos Internet y que todo vuelva a ser como antes!

Pero hay un problema. La economía planetaria, que dicho sea de paso no está transitando por uno de sus momentos más brillantes, depende de Internet. El mundo ya no puede funcionar sin la Red.

Esto ya pasó antes. El libro fue resistido, incluso por sus posibles beneficiarios, durante decenios. Hasta que, poco a poco, la economía occidental se volvió dependiente de la imprenta. No podía producirse suficiente riqueza sin, al mismo tiempo, ceder un poco de control. Ahora es igual.

Luego de la Segunda Guerra Mundial pensamos que ya habíamos visto bastante barbarie autoritaria, y enunciamos solemnemente el derecho de la libertad de expresión. Una belleza de intención, pero que se quedó en eso. Porque la mayoría de los seres humanos no podía soñar con una audiencia. Expresarse libremente, sí, ¿pero frente a quién? ¿Frente a tus amigos y familiares? ¡Vaya progreso!

Bueno, ahora empieza a hacerse posible la libertad de expresión porque podemos llegar a una audiencia global a costos accesibles y sin censura. Esa es la condición que hace posible Internet. No se la puede separar de ella. La libertad está inscripta en los protocolos de la Red. Por eso están tan preocupados sus inventores frente a los proyectos de ley como SOPA.

La historia se repite. De la misma forma que no se podía cosechar los beneficios de la libertad de imprimir y a la vez controlar lo que se publicaba, tampoco es posible explotar una Internet esterilizada por los controles. El principal algoritmo de la Red fue y sigue siendo la libertad de expresión.

Y por si no lo sabían.

Además, es tarde para implantar controles. En este nuevo mundo las cadenas ya no pueden hacerse de hierro. Apenas si pueden hacerse de bits...
Por: Ariel Torres 

domingo, 4 de diciembre de 2011

El Discurso Más Corto… por Bryan Dyson

Apu (dios guardián) de Callalli - Valle del Colca

En un discurso a los graduados en una Universidad, hace varios años, el ex CEO de Coca Cola, Bryan Dyson, habló sobre la relación entre el trabajo y otros compromisos.

Imaginen la vida como un juego en el que ustedes hacen malabarismos con
cinco bolas que arrojan al aire.

Cada una de ellas son el trabajo, la familia, la salud, los amigos y el espíritu. Pronto se darán cuenta de que el trabajo es una bola de goma. Si se cae, rebota.

Pero las otras cuatro bolas: familia, salud, amigos y espíritu, son de vidrio. Si se deja caer una de esas, va a quedar irrevocablemente dañada, rayada, rajada o rota. Nunca volverán a ser las mismas. Compréndanlo y busquen el equilibrio en la vida. ¿Cómo?:

No disminuyan su propio valor comparándose con otros. Es porque somos todos diferentes que cada uno de nosotros es especial.

No fijen sus objetivos en razón de lo que otros consideran importante. Sólo ustedes están en condiciones de elegir lo que es mejor para ustedes.

No den por supuestas las cosas más queridas por su corazón. Apéguense a ellas como a la vida misma; porque sin ellas la vida carece de sentido.

No dejen que la vida se les escurra entre los dedos por vivir en el pasado o para el futuro. Si viven un día a la vez, vivirán TODOS los días de su vida.

No abandonen cuando todavía son capaces de un esfuerzo más. Nada termina hasta el momento en que uno deja de intentar.

No teman admitir que no son perfectos. Ese es el frágil hilo que nos mantiene unidos.

No teman enfrentar riesgos. Es corriendo riesgos que aprendemos a ser valientes.

No excluyan de sus vidas al amor diciendo que no se lo puede encontrar. La mejor forma de recibir amor es darlo; la forma más rápida de quedarse sin amor es aferrarlo demasiado; y la mejor forma de mantener el amor el darle alas.

No corran tanto por la vida que lleguen a olvidar no sólo donde han estado sino también a dónde van.

No olviden que la mayor necesidad emocional de una persona es la de sentirse apreciado.

No teman aprender. El conocimiento es liviano, es un tesoro que se lleva fácilmente.

No usen imprudentemente el tiempo o las palabras. No se pueden recuperar. La vida no es una carrera, sino un viaje que debe ser disfrutado a cada paso.

El Ayer es historia, el Mañana es Misterio y el Hoy es un regalo: por eso se lo llama… el Presente.

Autor: Bryan Dyson - ex presidente de Coca Cola

La mitad de un recuerdo cada uno

Cañón del Colca

Yo no quiero que se olvide nada. Pero le tengo tan poquita confianza a mi memoria, que te propongo dividirnos los recuerdos: una vez escribí un pequeño poema con marcador negro sobre el vidrio de un cuadro y en una de esas mañanas agitadas de limpieza general le pasaron un trapo y lo borraron. Quise volver a hacerlo, armé un rompecabezas de palabras, pero por más que me esforcé, aquel breve poema fue a dar a una caja gigantesca y lejana, que nadie sabe dónde está, custodiada por duendes o mariposas, una caja a la que van a dar todas las cosas queridas que se pierden.

No, no me digas que peguemos fotografías en un álbum: en esa caja hay cientos de millones de álbumes de fotografías.

Tampoco me pidas que lo escriba en un cuaderno. En esa caja hay cientos de millones de cuadernos.

Lo nuestro, lo que vivimos vos y yo en estos años de amor, solamente permanecerán vivos si lo anotamos en el corazón.

La mitad de un recuerdo cada uno, y de vez en cuando juntarnos a armarlos, y hacer vivir de nuevo las horas amarillas de sol, las horas celestes de las tardes movedizas como ríos. Las horas de sal no. La sal hace arder los ojos y los pone a llorar.

Yo me quedo con la rosa, vos quedate con el río. Y al unirlos, será el nombre de la ciudad en donde nos conocimos: Rosario.

Vos quedate con el beso y yo con el temblor.

Vos con la música y yo con la letra de las canciones que nos gustan.

Vos con los paisajes montañosos que vimos y que te gustan tanto. Tierras color de malva, de guinda, de esmeralda. Arboles descolgándose hacia los precipicios, pueblitos como hechos de cerámica.

Yo me quedo con el mar. El mar es una parte de mi cuerpo. Es lo que dentro de mi batalla y clama, lo que a veces me empuja por la calle, cantando, lo que lava con magia mi fatiga.

Vos quedate con el gesto posado con que me miro en el espejo y te da risa.

Yo me quedo con la acuarela celeste fuerte de tus ojos y con los redondeles de humo que dibujás en el aire cuando fumás.

Vos ordená los cuentos que te hago de mi infancia, los olores del pasto, del jazmín, del chicken pie, la tarta de manzana, los scones, el té verde, el maquillaje en polvo, la bolsita con flores de lavanda perfumando las sábanas adentro del ropero con el espejo enorme... Yo ordenaré los cuentos de tu niñez con espejuelos rotos, rodillas lastimadas, torres de milanesas, obligatoria sopa, un tío llamado Mayo, y un acento español flotando en la casona de la incansable abuela.

Vos quedate conmigo.

Yo me quedaré con vos.

Así, de esta manera, sólo estando juntos podremos ser vos y yo. Y no me digas que esto es una trampa para atarte. Porque yo lo sé bien: sí, es una trampa para atarte. Una de esas trampas sin malicia, totalmente permitida en el amor.

Poldy Bird

Que el amor sea suficiente


La maravilla de "El Valle de los Volcanes"

El ángel está como suspendido en un estante alto de la biblioteca, con su gesto preparado para volar. Ese ángel de madera de guindo hecho por tus manos un tono más pálidas que su color de oro ruboroso. Qué extraño lo nuestro...

Cada vez que hablábamos parecía que algo profundo nos acercaba, algo con magia y tripas, unos lazos de esos que no se desatan nunca más. Pero no.

No había lazos. Ni bien nos separábamos, se soltaban los hilos intangibles que nos unían. Servían para unos breves momentos, los del encuentro. La más corta distancia los hacía desaparecer. Y otra vez la espera, otra vez volver a ser dos desconocidos, y la espera, la campanilla del teléfono que no suena, pulsar la tecla del contestador al llegar de la calle... y nunca tu voz con un mensaje..., y la espera, la espera, la espera... hasta reunir fuerzas y llamarte. ¿Qué tal, "extraña", cómo estás? No me pases facturas. Tuve unos líos bárbaros, vos sabes cómo anda todo... ¿Las cosas has cambiado tanto? ¿Ya no es lo más importante el amor, la relación humana, el compartir con otro penas, sueños, problemas, alegrías? Escuchar una vieja canción, leer en voz alta aquel poema de la Vilariñó o la Orozco, usar los ojos como telescopios para encontrar la Cruz del Sur en las noches de agosto... Una vez le abrí la pajarera a Magaldi (así se llamaba el jilguero) y el pequeño pájaro voló. No tuvo miedo. No se detuvo. No miró hacia atrás. ¡Y nosotros, tan fuertes, tan pensantes, tan declamadores de frases maravillosas... no nos atrevemos a traspasar la puerta que está siempre abierta, que nadie cierra...! Vos ahí.

Yo aquí. No quiero hacer reproches. No quiero oírlos, tampoco. Me parece que tendríamos que hacer las cosas de otro modo. Dejar que el amor sea lo que debe ser: la savia del árbol, las alas del alma, el color del agua, las estrellas en el fondo de los ojos, la locura en el pensamiento, el calor de la piel... Dejar que el amor sea suficiente.

Que lo demás estorbe, sobre, no importe. Con tus manos hiciste un ángel para que me cuidara. Ahí está. Cerca de mí. Ahuyentando oscuridades y demonios con su aura rosada. Al tallarlo y pulirlo pensando en mí, invadiste mi territorio, te metiste en mi mundo reservado y secreto... ¿Cómo vas a salir de aquí? No podrás. Cuando alguien llega donde vos llegaste, ahí se queda para siempre. Te parecerá que podes salir, fantasearás con ello, pero no... una red invisible te ha atrapado, lo quieras o no. Estás en mi realidad virtual, en este espacio de zorzales que cantan al amanecer, cassettes que escucho cuatrocientas veces sin parar, libros que releo, papeles que escribo y no dejo que nadie lea, una alta palmera que veo desde la ventana... Estás. Vestida como yo quiero. Diciendo lo que quiero que digas. Pensando lo que quiero que pienses. Sintiendo lo que quiero que sientas. Porque mi mente está muy entrenada y es capaz de fabricar imágenes y situaciones que son las de la vida, o parecidas a la vida.

Quizás sean estas lo que a muchos nos mantenga vivos: soñar que vivimos...

Mientras la vida cree que anda por ahí... Mientras vos creas que andás por ahí. Y no se den cuenta, ni vos ni la vida, que si yo no las invento en mí ¡ustedes no existen! Deja que el amor sea suficiente. Y que no necesites nada más, porque el amor te alcanza.

Poldy Bird