martes, 10 de enero de 2012

El orden espontáneo


El Negro Cucaracha fue uno de los capos indiscutidos de una de las cárceles de Lima durante muchos años y, me dicen, tiene el cuerpo hecho un crucigrama de cicatrices de tanta cuchillada que recibió en esos tiempos turbulentos. Es un moreno alto, fornido y de edad indefinible a cuyo paso la gente de Gamarra se abre como ante un río incontenible. Me lo han puesto de guardaespaldas y no sé por qué pues en este rincón de La Victoria me siento más seguro que en el barrio donde vivo, Barranco, donde no son infrecuentes los atracos con pistola.
El Negro Cucaracha es ahora un hombre religioso y pacífico. Se ha vuelto evangélico, anda con una biblia en la mano y en el largo paseo me recita versículos sagrados y me habla de redención, arrepentimiento y salvación con esa seguridad del creyente radical que a mí siempre me pone algo nervioso.
Gamarra comienza donde termina Mendocita, ahora un sector de La Victoria de clase media modesta, donde, en mi primer año universitario, 1953, yo participé en una encuesta para averiguar la composición social de la que era entonces la barriada más pobre y violenta de Lima, recién formada por migrantes que bajaban de la sierra en busca de trabajo. Mendocita ha progresado mucho desde entonces, pero lo que constituye un prodigio de desarrollo es la contigua Gamarra, paraíso de la informalidad y el capitalismo popular, y soberbio ejemplo de lo que Friedrich A. Hayek llamó el orden espontáneo. En este puñado de manzanas cuya densidad demográfica a estas horas de la mañana es la de un hormiguero, se produce más riqueza y hay más transacciones comerciales que sin duda en ningún otro lugar del Perú. Y por aquí no pasó el Estado ni gobierno alguno, ni las instituciones financieras formales, ni los créditos bancarios ni las normativas del Perú oficial. Todo esto que fermenta a mí alrededor con un dinamismo enloquecido es una creación de provincianos pobres y misérrimos que, huyendo del hambre, el desamparo y la violencia, dejaron sus aldeas andinas y, como no encontraron en la capital el trabajo que buscaban, tuvieron que inventárselo.
He venido porque hace unos días un empresario amigo que conoce bien Gamarra me contó algunas anécdotas sobre los personajes del lugar que me dejaron estupefacto. Me habló de un puneño al que llamaremos Tiburcio, a quien vio llegar a Lima muy joven, con poncho y ojotas, que sobrevivió vendiendo chupetes por las calles, y que ahora alquila tiendas y talleres de manufactura en estas calles por dos millones de dólares al mes. No exageraba ni una pizca. Tiburcio es uno de los íconos del barrio. Tiene once edificios, incontables tiendas y talleres y, desde hace poco, una fábrica de etiquetas en México.
Me recibe en el más moderno de sus locales y me muestra orgulloso una foto panorámica del minúsculo pueblecito, a orillas del lago Titicaca, donde nació. Habla un buen español, con música aimara, y despide energía y optimismo por todos los poros de su cuerpo. ¿Cómo lo hizo? Trabajando día y noche, ahorrando lo que podía y durmiendo en las calles, al principio. Lo ayudaron otros puneños que habían ya progresado y, por eso, él ayuda a los provincianos que vienen a Lima sin otro capital que su voluntad de salir adelante. Me asegura que el dinero que presta se lo devuelven en el 99 por ciento de los casos. “Me sobran dedos en las manos para contar las veces que me han estafado. Y eso que nunca pedí recibo por los préstamos”. Ha crecido tanto que, ahora, intenta formalizar por lo menos una parte importante de sus negocios y, para ello, ha contratado como gerente al primer banquero que le abrió una cuenta corriente.
Son pocas las transacciones que se hacen en Gamarra que figuran en contratos. Prima la palabra, que es sagrada, y el que la viola la paga: se le cierran todas las puertas y se vuelve un apestado. Le conviene huir y no volver por estos lares. Por doquier me dicen que la delincuencia es menor que en otros barrios y que no son muchos los dueños de negocios y locales que tienen seguridad privada.
El precio de la propiedad alcanza cifras vertiginosas. Mi amigo me jura que, aunque parezca imposible, no hace mucho se vendió un local en el epicentro de Gamarra ¡a 28 mil dólares el metro cuadrado! Es decir, más caro que los barrios más caros de Nueva York, Fráncfort, Zúrich o Tokio.
Se comercia de todo pero principalmente paños y telas, y ropa que es confeccionada en talleres del mismo barrio. Son centenares, equipados con maquinaria muy moderna, y miríadas de trabajadores de ambos sexos que hilan, cortan, cosen y empaquetan a un ritmo frenético, a menudo oyendo huaynos y música chicha por altoparlantes a todo volumen. Algunos talleres están en las alturas, con una vista circular sobre el centro de la ciudad y los cerros aledaños, y otros en sótanos atestados que se hunden cuatro o cinco pisos en el subsuelo limeño. Mañana y tarde un verdadero río de camiones, camionetas, autos y hasta carretillas y motos se llevan esa mercadería por todos los rincones del Perú y también al extranjero.
Una de las tiendas mejor provistas es la de don Moisés (tampoco éste es su nombre). Es uno de los más antiguos y respetados comerciantes del barrio. Todos hablan de él con reverencia y gratitud. No es un provinciano sino un criollo, uno de los pocos que representa a Lima en este Perú en pequeño formato que es Gamarra. Según él, este emporio nació en los años sesenta, cuando algunos migrantes advirtieron que los camiones que traían animales y artículos de panllevar al Mercado Mayorista regresaban vacíos al interior del país. Se les ocurrió entonces utilizar ese transporte para enviar mercancías a sus pueblos y así comenzó a rodar la bolita de nieve que convertiría este pedazo de la vieja Lima en el vórtice de trabajo y riqueza que es ahora.
Los empresarios y comerciantes de Gamarra son unos liberales que se ignoran. Desconfían del Estado y del gobierno y repiten como un mantra: “¡Si sólo nos dejaran trabajar!”. Ahora se quejan de la disposición que prohibió temporalmente y aún mantiene ciertas restricciones para importar hilados de la India, una medida que, dicen, ha conseguido el lobby de los productores de hilados nacionales, más caros y menos variados que los que traían de Bombay o Kerala. Eso encarece sus costos y favorece a los fabricantes colombianos, sus grandes competidores en el mercado manufacturero nacional y americano. ¿Qué quisieran, pues? Que se abrieran las fronteras y la globalización de la que tanto se habla fuera una realidad también en el Perú.
Las horas que paso en Gamarra me ilustran mejor que muchos estudios sobre el Perú de nuestros días. En las elecciones del año pasado, cuando advirtieron que los pobres del Perú votarían por Ollanta Humala, las clases dirigentes (que nunca han dirigido nada y vivido casi siempre del mercantilismo) entraron en pánico y, creyendo que se venía un segundo Hugo Chávez, volcaron todo su poderío a favor de Keiko Fujimori, la hija del dictador que cumple 25 años de cárcel por asesino y por ladrón. Pese a ello, esta última perdió la elección. Humala ha respetado escrupulosamente la Hoja de Ruta que prometió seguir en la segunda vuelta electoral, es decir, mantener la democracia y las políticas de mercado que en los últimos once años han traído al Perú un desarrollo sin precedentes en su historia.
¿Por qué el presidente Humala tomó distancia de Hugo Chávez y adoptó las políticas de Brasil, Uruguay o Colombia? Más que por una conversión ideológica, por una percepción clara de la realidad: porque, para que sea posible la inclusión social que es su objetivo primordial, es indispensable que haya riqueza y empleo y para ello no hay otro camino que el que siguen los hombres y las mujeres de Gamarra. Estos descubrieron a través de su experiencia algo que todavía muchos dirigentes de la izquierda, cegados por la ideología, se niegan a aceptar: que el verdadero progreso social no pasa por el estatismo ni el colectivismo –inseparables a la corta o a la larga de la dictadura– sino por la democracia política, la propiedad privada, la iniciativa individual, el comercio libre y los mercados abiertos.
El Perú va por el buen camino y ni la derecha fujimorista ni la izquierda obtusa y anacrónica están por el momento en condiciones de apartarlo de él.
Lima, diciembre de 2011
Por: Mario Vargas Llosa

lunes, 19 de diciembre de 2011

Lo que importa es la cantidad, no la calidad

Molino de Sabandía


Habrá oído el argumento. ¡Es tan prístino! Toda vez que se habla de Twitter, Facebook e Internet se machaca en el mismo mortero: que todas esas voces hablando a la vez no tienen ningún valor; que lo que importa es la calidad, no la cantidad.

Me imagino cómo se sienten. Durante los primeros 4500 años de historia escrita tuvieron control sobre la información. De pronto, un tipo de Maguncia inventó una máquina que permitía hacer copias en serie de páginas de texto en forma rápida y económica y ahí las cosas se descalabraron bastante. Pero incluso después de Gutenberg el número de voces independientes siguió siendo relativamente pequeño. Todavía era posible perseguirlas, censurarlas, aniquilarlas. Con todo, esas pocas voces lograron modelar un mundo más justo y más diverso. No perfecto, claro. Pero sí mucho mejor. Había disenso, o al menos la posibilidad del disenso.

¡Pero ahora! Resulta que una banda de hippies inventó esto de Internet y por muy poco dinero cualquiera que sepa leer y escribir puede andar por ahí diciendo lo que se le ocurra. No hay persecución que valga. Así que se les da por el lado de la descalificación. "Todas esas voces hablando no tienen ningún valor, son ruido de línea -sostienen-. Lo que importa es la calidad, señores, no la cantidad."

¿Quién estaría dispuesto a refutar una verdad tan evidente?

Con permiso, ahí voy.

Ni árboles ni bacterias

No, no voy a plantear que siempre existieron los rumores y que la cantidad de cuentos que se nos han impuesto a lo largo de la historia es tan inmensa que, en realidad, nunca hemos tenido demasiada calidad . Eso sería aceptar el argumento. Y ocurre que no lo acepto.

Tampoco diré que habría que definir calidad y determinar quién puede ser el juez de tal parámetro. Eso no sólo sería aceptar el argumento, sino, además, colaborar con su aplicación.

Lo que digo es que lo único que importa es la cantidad de voces, no la calidad, y que siempre fue así.

El control de la información ha sido la base del poder político y económico desde que existe la civilización. Hay otros pilares, pero éste es el fundamental. No digo que esté mal. Es como es. No somos árboles ni bacterias ni gatos monteses. Quienes controlan la información lo controlan todo. Así que la cuestión nunca tuvo que ver con el sustantivo información de la oración que precede, sino con el pronombre quienes .

Basta echarle un vistazo a la historia para observar una regla de hierro (literalmente). Todos los gobiernos autoritarios se ocuparon de destruir las voces disidentes. Devastaron la prensa opositora como primera medida; tampoco les fue mejor a los artistas que no comulgaba con su épica ni a los científicos demasiado innovadores.

Es una plaga

Por eso, la pregunta no es ¿este dato es cierto, es verdad, es de buena fuente, es real? , sino ¿quiénes controlan la difusión de este dato?

El número de individuos que decidía qué sabía el público fue siempre muy pequeño. Esto es bueno, si estás entre esas pocas personas, porque, sin importar la calidad de la información, podés imponer una idea, una visión del mundo, lo que te venga en gana. Es más: podés imponer el mito de que tu voz es la única calificada, que es de calidad.

En ese sentido, las cosas no han cambiado nada. Sólo que ahora, el quienes se ha multiplicado hasta valores nunca vistos (o imaginados). Como el número de miradas y de voces es descomunal, es imposible ponerles coto. Acallás una aquí y aparecen cien mil allá. ¡Es una plaga!

Por eso, súbitamente, les sale esta irrefrenable vocación por la calidad. Porque la amenaza está en el número, está en que no se puede perseguir, desterrar ni eliminar 2000 millones de voceros.

Subvencionan su argumento con pruebas no menos contundentes. Cualquiera que mire durante diez minutos su línea de tiempo en Twitter o se pase un rato leyendo las noticias de Facebook caerá pronto en la cuenta de que gran parte de lo que se propala es, para decirlo suavemente, olvidable. ¡Quod erat demonstrandum!  "Eso de la voz colectiva en realidad es -concluyen- un montón de rumores y trivialidades."

Un error de perspectiva. Un fatídico error de perspectiva. Twitter, Facebook o Google Plus están llenos de las cosas que se nos van pasando por la cabeza. No me vengan con el latiguillo de la calidad porque, lejos de ser un defecto, el valor de Internet reside precisamente en que no hay allí edición. Puede que durante gran parte del tiempo nos la pasemos entretenidos en #esto o #aquello,  pero esa ligereza es sólo aparente. Es una ilusión.

Lo que llaman ruido de línea, rumores, banalidades, eso que califican de baja calidad , es el tranquilo rumor del mar en un día calmo. No parece importante. Mucho menos parece amenazador. Pero, trivial o no, ese rumor no se puede controlar. Es el murmullo de la voz global. Puede convertirse en iracunda tormenta o en imparable tsunami en cualquier momento.

Apaguemos Internet

Por algún motivo, sin embargo, se insiste con la fantasía del control. Los proyectos de ley SOPA y PIPA, en Estados Unidos, y otros de su clase en otras naciones, pretenden que es posible evitar el robo de propiedad intelectual bloqueando dominios, filtrando protocolos y cosas así. Sí, claro que es posible, pero las consecuencias serían nefastas.

No sólo porque esta clase de intervencionismo va a terminar por romper la Red, como explicaron en una carta más de 80 ingenieros y fundadores de Internet, incluido Vinton Cerf, hace unos días, sino porque pondría en jaque la libertad de expresión, dándole herramientas idóneas a los gobiernos autoritarios para la persecución y la censura.

Así que, ¿por qué no hacer las cosas más sencillas y apagar Internet de una vez? Ya está. Fue bueno mientras duró. Que nos canjeen la computadora por un lindo lavarropas programable o un freezer familiar y que nos reemplacen el plan de datos por, no sé, ¿un año gratis de TV por cable? Volveremos a las estampillas. Después de todo, ¿no estábamos tapados de mails? ¿No era que el exceso de información nos tenía estresados? ¡Apaguemos Internet y que todo vuelva a ser como antes!

Pero hay un problema. La economía planetaria, que dicho sea de paso no está transitando por uno de sus momentos más brillantes, depende de Internet. El mundo ya no puede funcionar sin la Red.

Esto ya pasó antes. El libro fue resistido, incluso por sus posibles beneficiarios, durante decenios. Hasta que, poco a poco, la economía occidental se volvió dependiente de la imprenta. No podía producirse suficiente riqueza sin, al mismo tiempo, ceder un poco de control. Ahora es igual.

Luego de la Segunda Guerra Mundial pensamos que ya habíamos visto bastante barbarie autoritaria, y enunciamos solemnemente el derecho de la libertad de expresión. Una belleza de intención, pero que se quedó en eso. Porque la mayoría de los seres humanos no podía soñar con una audiencia. Expresarse libremente, sí, ¿pero frente a quién? ¿Frente a tus amigos y familiares? ¡Vaya progreso!

Bueno, ahora empieza a hacerse posible la libertad de expresión porque podemos llegar a una audiencia global a costos accesibles y sin censura. Esa es la condición que hace posible Internet. No se la puede separar de ella. La libertad está inscripta en los protocolos de la Red. Por eso están tan preocupados sus inventores frente a los proyectos de ley como SOPA.

La historia se repite. De la misma forma que no se podía cosechar los beneficios de la libertad de imprimir y a la vez controlar lo que se publicaba, tampoco es posible explotar una Internet esterilizada por los controles. El principal algoritmo de la Red fue y sigue siendo la libertad de expresión.

Y por si no lo sabían.

Además, es tarde para implantar controles. En este nuevo mundo las cadenas ya no pueden hacerse de hierro. Apenas si pueden hacerse de bits...
Por: Ariel Torres 

domingo, 4 de diciembre de 2011

El Discurso Más Corto… por Bryan Dyson

Apu (dios guardián) de Callalli - Valle del Colca

En un discurso a los graduados en una Universidad, hace varios años, el ex CEO de Coca Cola, Bryan Dyson, habló sobre la relación entre el trabajo y otros compromisos.

Imaginen la vida como un juego en el que ustedes hacen malabarismos con
cinco bolas que arrojan al aire.

Cada una de ellas son el trabajo, la familia, la salud, los amigos y el espíritu. Pronto se darán cuenta de que el trabajo es una bola de goma. Si se cae, rebota.

Pero las otras cuatro bolas: familia, salud, amigos y espíritu, son de vidrio. Si se deja caer una de esas, va a quedar irrevocablemente dañada, rayada, rajada o rota. Nunca volverán a ser las mismas. Compréndanlo y busquen el equilibrio en la vida. ¿Cómo?:

No disminuyan su propio valor comparándose con otros. Es porque somos todos diferentes que cada uno de nosotros es especial.

No fijen sus objetivos en razón de lo que otros consideran importante. Sólo ustedes están en condiciones de elegir lo que es mejor para ustedes.

No den por supuestas las cosas más queridas por su corazón. Apéguense a ellas como a la vida misma; porque sin ellas la vida carece de sentido.

No dejen que la vida se les escurra entre los dedos por vivir en el pasado o para el futuro. Si viven un día a la vez, vivirán TODOS los días de su vida.

No abandonen cuando todavía son capaces de un esfuerzo más. Nada termina hasta el momento en que uno deja de intentar.

No teman admitir que no son perfectos. Ese es el frágil hilo que nos mantiene unidos.

No teman enfrentar riesgos. Es corriendo riesgos que aprendemos a ser valientes.

No excluyan de sus vidas al amor diciendo que no se lo puede encontrar. La mejor forma de recibir amor es darlo; la forma más rápida de quedarse sin amor es aferrarlo demasiado; y la mejor forma de mantener el amor el darle alas.

No corran tanto por la vida que lleguen a olvidar no sólo donde han estado sino también a dónde van.

No olviden que la mayor necesidad emocional de una persona es la de sentirse apreciado.

No teman aprender. El conocimiento es liviano, es un tesoro que se lleva fácilmente.

No usen imprudentemente el tiempo o las palabras. No se pueden recuperar. La vida no es una carrera, sino un viaje que debe ser disfrutado a cada paso.

El Ayer es historia, el Mañana es Misterio y el Hoy es un regalo: por eso se lo llama… el Presente.

Autor: Bryan Dyson - ex presidente de Coca Cola

La mitad de un recuerdo cada uno

Cañón del Colca

Yo no quiero que se olvide nada. Pero le tengo tan poquita confianza a mi memoria, que te propongo dividirnos los recuerdos: una vez escribí un pequeño poema con marcador negro sobre el vidrio de un cuadro y en una de esas mañanas agitadas de limpieza general le pasaron un trapo y lo borraron. Quise volver a hacerlo, armé un rompecabezas de palabras, pero por más que me esforcé, aquel breve poema fue a dar a una caja gigantesca y lejana, que nadie sabe dónde está, custodiada por duendes o mariposas, una caja a la que van a dar todas las cosas queridas que se pierden.

No, no me digas que peguemos fotografías en un álbum: en esa caja hay cientos de millones de álbumes de fotografías.

Tampoco me pidas que lo escriba en un cuaderno. En esa caja hay cientos de millones de cuadernos.

Lo nuestro, lo que vivimos vos y yo en estos años de amor, solamente permanecerán vivos si lo anotamos en el corazón.

La mitad de un recuerdo cada uno, y de vez en cuando juntarnos a armarlos, y hacer vivir de nuevo las horas amarillas de sol, las horas celestes de las tardes movedizas como ríos. Las horas de sal no. La sal hace arder los ojos y los pone a llorar.

Yo me quedo con la rosa, vos quedate con el río. Y al unirlos, será el nombre de la ciudad en donde nos conocimos: Rosario.

Vos quedate con el beso y yo con el temblor.

Vos con la música y yo con la letra de las canciones que nos gustan.

Vos con los paisajes montañosos que vimos y que te gustan tanto. Tierras color de malva, de guinda, de esmeralda. Arboles descolgándose hacia los precipicios, pueblitos como hechos de cerámica.

Yo me quedo con el mar. El mar es una parte de mi cuerpo. Es lo que dentro de mi batalla y clama, lo que a veces me empuja por la calle, cantando, lo que lava con magia mi fatiga.

Vos quedate con el gesto posado con que me miro en el espejo y te da risa.

Yo me quedo con la acuarela celeste fuerte de tus ojos y con los redondeles de humo que dibujás en el aire cuando fumás.

Vos ordená los cuentos que te hago de mi infancia, los olores del pasto, del jazmín, del chicken pie, la tarta de manzana, los scones, el té verde, el maquillaje en polvo, la bolsita con flores de lavanda perfumando las sábanas adentro del ropero con el espejo enorme... Yo ordenaré los cuentos de tu niñez con espejuelos rotos, rodillas lastimadas, torres de milanesas, obligatoria sopa, un tío llamado Mayo, y un acento español flotando en la casona de la incansable abuela.

Vos quedate conmigo.

Yo me quedaré con vos.

Así, de esta manera, sólo estando juntos podremos ser vos y yo. Y no me digas que esto es una trampa para atarte. Porque yo lo sé bien: sí, es una trampa para atarte. Una de esas trampas sin malicia, totalmente permitida en el amor.

Poldy Bird

Que el amor sea suficiente


La maravilla de "El Valle de los Volcanes"

El ángel está como suspendido en un estante alto de la biblioteca, con su gesto preparado para volar. Ese ángel de madera de guindo hecho por tus manos un tono más pálidas que su color de oro ruboroso. Qué extraño lo nuestro...

Cada vez que hablábamos parecía que algo profundo nos acercaba, algo con magia y tripas, unos lazos de esos que no se desatan nunca más. Pero no.

No había lazos. Ni bien nos separábamos, se soltaban los hilos intangibles que nos unían. Servían para unos breves momentos, los del encuentro. La más corta distancia los hacía desaparecer. Y otra vez la espera, otra vez volver a ser dos desconocidos, y la espera, la campanilla del teléfono que no suena, pulsar la tecla del contestador al llegar de la calle... y nunca tu voz con un mensaje..., y la espera, la espera, la espera... hasta reunir fuerzas y llamarte. ¿Qué tal, "extraña", cómo estás? No me pases facturas. Tuve unos líos bárbaros, vos sabes cómo anda todo... ¿Las cosas has cambiado tanto? ¿Ya no es lo más importante el amor, la relación humana, el compartir con otro penas, sueños, problemas, alegrías? Escuchar una vieja canción, leer en voz alta aquel poema de la Vilariñó o la Orozco, usar los ojos como telescopios para encontrar la Cruz del Sur en las noches de agosto... Una vez le abrí la pajarera a Magaldi (así se llamaba el jilguero) y el pequeño pájaro voló. No tuvo miedo. No se detuvo. No miró hacia atrás. ¡Y nosotros, tan fuertes, tan pensantes, tan declamadores de frases maravillosas... no nos atrevemos a traspasar la puerta que está siempre abierta, que nadie cierra...! Vos ahí.

Yo aquí. No quiero hacer reproches. No quiero oírlos, tampoco. Me parece que tendríamos que hacer las cosas de otro modo. Dejar que el amor sea lo que debe ser: la savia del árbol, las alas del alma, el color del agua, las estrellas en el fondo de los ojos, la locura en el pensamiento, el calor de la piel... Dejar que el amor sea suficiente.

Que lo demás estorbe, sobre, no importe. Con tus manos hiciste un ángel para que me cuidara. Ahí está. Cerca de mí. Ahuyentando oscuridades y demonios con su aura rosada. Al tallarlo y pulirlo pensando en mí, invadiste mi territorio, te metiste en mi mundo reservado y secreto... ¿Cómo vas a salir de aquí? No podrás. Cuando alguien llega donde vos llegaste, ahí se queda para siempre. Te parecerá que podes salir, fantasearás con ello, pero no... una red invisible te ha atrapado, lo quieras o no. Estás en mi realidad virtual, en este espacio de zorzales que cantan al amanecer, cassettes que escucho cuatrocientas veces sin parar, libros que releo, papeles que escribo y no dejo que nadie lea, una alta palmera que veo desde la ventana... Estás. Vestida como yo quiero. Diciendo lo que quiero que digas. Pensando lo que quiero que pienses. Sintiendo lo que quiero que sientas. Porque mi mente está muy entrenada y es capaz de fabricar imágenes y situaciones que son las de la vida, o parecidas a la vida.

Quizás sean estas lo que a muchos nos mantenga vivos: soñar que vivimos...

Mientras la vida cree que anda por ahí... Mientras vos creas que andás por ahí. Y no se den cuenta, ni vos ni la vida, que si yo no las invento en mí ¡ustedes no existen! Deja que el amor sea suficiente. Y que no necesites nada más, porque el amor te alcanza.

Poldy Bird


domingo, 27 de noviembre de 2011

Yo no soy un aculturado...



Discurso del gran escritor peruano: José María Arguedas, en el acto de entrega del premio “Inca Garcilaso de la Vega”. Lima, octubre de 1968.



Acepto, con regocijo, el premio Inca Garcilaso de la Vega, porque siento que representa el reconocimiento a una obra que pretendió difundir y contagiar en el espíritu de los lectores el arte de un individuo quechua moderno que, gracias a la conciencia que tenía del valor de su cultura, pudo ampliarla y enriquecerla con el conocimiento, la asimilación del arte creado por otros pueblos, que dispusieron de medios más vastos para expresarse

La ilusión de juventud del autor parece haber sido realizada. No tuvo más ambición, que la de volcar en la corriente de la sabiduría y el arte del Perú criollo, el caudal del arte y la sabiduría de un pueblo al que se consideraba degenerado, debilitado o "extraño" e "impenetrable" pero que, en realidad, no era sino lo que llega a ser un gran pueblo, oprimido por el desprecio social, la dominación política y la explotación económica en el propio suelo donde realizó hazañas por las que la historia lo consideró como gran pueblo: se había convertido en una nación acorralada, aislada para ser mejor y más fácilmente administrada y sobre la cual sólo los acorraladores hablaban mirándola a distancia y con repugnancia o curiosidad.

Pero los muros aislantes y opresores no apagan la luz de la razón humana y mucho menos si ella ha tenido siglos de ejercicio; ni apagan, por tanto, las fuentes del amor de donde brota el arte. Dentro del muro aislante y opresor, el pueblo quechua, bastante arcaizado y defendiéndose con el disimulo, seguía concibiendo ideas, creando cantos y mitos. Y bien sabemos que los muros aislantes de las naciones no son nunca completamente aislantes. A mí me echaron por encima de ese muro, un tiempo, cuando era niño; me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio y donde, por eso mismo, el odio no es perturbador sino fuego que impulsa.

Contagiado para siempre de los cantos y los mitos, llevado por la fortuna hasta la Universidad de San Marcos, hablando por vida el quechua, bien incorporado al mundo de los cercadores, visitante feliz de grandes ciudades extranjeras, intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vínculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores. El vínculo podía universalizarse, extenderse; se mostraba un ejemplo concreto, actuante. El cerco podía y debía ser destruido; el caudal de las dos naciones se podía y debía unir. Y el camino no tenía por qué ser, ni era posible que fuera únicamente el que se exigía con imperio de vencedores expoliadores, o sea: que la nación vencida renuncie a su alma, aunque no sea sino en la apariencia, formalmente, y tome la de los vencedores, es decir que se aculture.

Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico y tal parece, según cierto consenso más o menos general, que lo he conseguido. Por eso recibo el premio Inca Garcilaso de la Vega con regocijo.

Pero este discurso no estaría completo si no explicara que el ideal que intenté realizar, y que tal parece que alcancé hasta donde es posible, no lo habría logrado si no fuera por dos principios que alentaron mi trabajo desde el comienzo. En la primera juventud estaba cargado de una gran rebeldía y de una gran impaciencia por luchar, por hacer algo. Las dos naciones de las que provenía estaban en conflicto: el universo se me mostraba encrespado de confusión, de promesas, de belleza más que deslumbrante, exigente.
Fue leyendo a Mariátegui y después a Lenin que encontré un orden permanente en las cosas; la teoría socialista no sólo dio un cauce a todo el porvenir sino a lo que había en mí de energía, le dio un destino y lo cargó aún más de fuerza por el mismo hecho de encauzarlo. ¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico. No pretendí jamás ser un político ni me creí con aptitudes para practicar la disciplina de un partido, pero fue la ideología socialista y el estar cerca de los movimientos socialistas lo que dio dirección y permanencia, un claro destino a la energía que sentí desencadenarse durante la juventud.  

El otro principio fue el de considerar siempre el Perú como una fuente infinita para la creación. Perfeccionar los medios de entender este país infinito mediante el conocimiento de todo cuanto se descubre en otros mundos.

No, no hay país más diverso, más múltiple en variedad terrena y humana; todos los grados de calor y color, de amor y odio, de urdimbres y sutilezas, de símbolos utilizados e inspiradores. No por gusto, como diría la gente llamada común, se formaron aquí Pachacámac y Pachacútec, Huamán Poma, Cieza y el Inca Garcilaso, Túpac Amaru y Vallejo, Mariátegui y Eguren, la fiesta de Qoyllur Riti y la del Señor de los Milagros; los yungas de la costa y de la sierra; la agricultura a 4.000 metros; patos que hablan en lagos de altura donde todos los insectos de Europa se ahogarían; picaflores que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo. Imitar desde aquí a alguien resulta algo escandaloso. En técnica nos superarán y dominarán, no sabemos hasta qué tiempos, pero en arte podemos ya obligarlos a que aprendan de nosotros y lo podemos hacer incluso sin movernos de aquí mismo. Ojalá no haya habido mucho de soberbia en lo que he tenido que hablar; les agradezco y les ruego dispensarme.


Mi socio, mi socia, mi amor


Primero hablemos de amor y luego de negocios. Cuando murió, en 1952, el poeta francés Paul Eluard (que se llamaba en realidad Eugène Grindel) dejó una vida intensa, rica en misterios, como el de una inexplicada desaparición de siete meses en 1924, y un compromiso político y existencial. Considerado uno de los más grandes líricos de la lengua francesa moderna, pilar del surrealismo y romántico de ley, además legó algunos de los más bellos poemas de amor que se puedan encontrar. En uno de ellos dice: "No es posible conocerme mejor/ de lo que tú me conoces."
Dos personas que unen amorosamente sus caminos pueden honrar las palabras de Eluard convirtiéndose una en maestra de la otra en el arte de amarse. Si cada uno enseña al otro (a través de palabras y actos) cómo necesita ser amado, se convertirán mutuamente en sus más consumados amantes. Este emprendimiento mutuo y simultáneo no es teórico. Se verifica en el día a día de la convivencia y de la relación. Cuantas más áreas significativas de la vida se compartan, más son las posibilidades de profundizar en el vínculo, de enriquecerlo y de darle trascendencia. El amor no es una abstracción. Es lo que dos personas construyen a través de acciones amorosas, es decir, a través de actos en los cuales el sentimiento y la energía que los liga se concreta en hechos.
El amor, por lo tanto, necesita oportunidades cotidianas para manifestarse, para hacerse palpable. No es un traje para guardar y lucir sólo en ocasiones extraordinarias, no es una joya para exhibir en momentos culminantes, no son palabras que se declaman en situaciones extremas. No es simple enamoramiento, esa emoción intensa y concentrada, hecha de idealización y desconocimiento del otro, sino un árbol de raíces profundas, que arraigan en el conocimiento mutuo, forjado en el tiempo y las experiencias compartidas.
Competir o cooperar
Cuando el amor discurre de ese modo, algunos de los mitos y creencias que lo rodean pierden su consistencia. Uno de ellos dice que no hay que trabajar juntos, porque eso alienta la competencia y el resentimiento, aumenta la rutina y crea riesgo de aburrimiento. Pero si regresamos a Eluard y sus palabras son ciertas, ¿quién podría ser nuestro mejor socio en un emprendimiento profesional, laboral o comercial que aquella persona que nos conoce mejor que nadie?
Una pareja puede ser campo de cooperación o campo de confrontación. De competencia o de colaboración. Esto no depende de la suerte, sino de las bases sobre la que se construye. Como bien dice el doctor Aaron T. Beck (padre de la terapia cognitiva y autor de Con el amor no basta), después del enamoramiento inicial y a medida que se calman las pasiones (y se consolida el amor, podríamos agregar), la dedicación al bienestar y la felicidad aparecen como la energía esencial de la pareja. Esto se manifiesta en las funciones matrimoniales y, cuando llegan hijos, en las parentales. Una pareja puede manifestar su fecundidad a través de los hijos, pero no necesariamente tiene que ser esa una vía única y excluyente. La fecundidad, la creatividad y la trascendencia de un matrimonio pueden expresarse también de otras maneras y por otros caminos.
Cuando el compromiso existencial que los une es sólido y está fundamentado en conductas y acciones, es posible multiplicar los rostros de la fertilidad. Y si no hay bases sólidas, no será el hecho de emprender juntos un negocio o un proyecto profesional el que los hará tambalear. En todo caso allí se pondrán en juego las debilidades que la pareja tiene emboscadas y que quizá se disimulan mientras son pocos y superficiales los espacios que comparten, o cuando los roles paterno y materno encubren la ausencia de otros proyectos o sueños compartidos.
Por suerte, dice Beck, hemos nacido no sólo con la tendencia al egocentrismo, sino también con capacidad para la cooperación y el sacrificio. La gratificación que resulta del sentido de unidad es una gran fuerza en los asuntos humanos, se trate de una organización compuesta por dos personas, como el matrimonio, o de muchas, como en el equipo de un club. Al abordar un emprendimiento conjunto muchas parejas se encuentran con la oportunidad de complementar capacidades diversas y tienen un campo real y concreto en el cual aprender a dirimir diferencias. La cooperación en situaciones específicas, que requieren madurez en los razonamientos y en las decisiones, marca, como señala Beck, una clara diferencia con las circunstancias del romántico enamoramiento. Si la relación ha madurado a lo largo de sus vivencias compartidas, habrá intereses y metas que pueden divergir, pero esto no impedirá que se pueda negociar o dejar de lado intereses propios para pensar en función del equipo.
Sobre metas y metodos
De hecho, una pareja es una sociedad que en lugar de fundarse sobre bases comerciales o económicas, se constituye sobre fundamentos afectivos y emocionales. Al menos en la teoría. La práctica depende de los protagonistas. Son siempre ellos quienes decidirán para qué están juntos y cómo habrán de consolidar ese propósito.
La pregunta para qué es fundamental y orientadora. Apunta a una ruta para seguir, opera como un GPS afectivo. Si dos personas que emprenderán un viaje juntas tienen en mente destinos distintos (uno quiere ir al mar y el otro a la montaña, por ejemplo) tendrán dificultades tanto para iniciar la travesía como para continuarla. Si una de ellas resigna sus razones para no perder el viaje, y esas razones eran de peso, será inevitable un fondo de resentimiento, de malestar con el otro o consigo. Si el que impuso su propuesta lo hizo a través de manipulación o coacción, también quedará un rescoldo tóxico en la atmósfera del viaje. Esto no significa que no puedan viajar juntos a uno de los destinos propuestos. Pero llegar a esa conclusión debería ser algo más que el producto de una imposición, de una resignación o de un temor a estar solo. En ninguno de estos tres casos habría un para qué compartido.
En la lista de los para qué funcionales se pueden incluir cuestiones como: para aprender, para desarrollar mis potencialidades al lado de alguien en quien confío y que confía en mí, para experimentar el amor en la convivencia, para trascender, para compartir y multiplicar los momentos felices y para conllevar y hacer menos dolorosos los tránsitos tristes, para abordar experiencias de aprendizaje, para caminar junto a alguien con quien comparto valores y para dar sustento a esos valores. Cada persona, cada pareja, puede explorar sus propios motivos hasta comprobar cuáles son compartidos. Estos permitirán encontrar un cómo, es decir, una instrumentación, una forma de hacer y de vivir en el día a día que los oriente en la marcha común hacia el para qué. Establecido el para qué, puede haber diferencias, negociaciones y largas conversaciones para dar con el cómo. Puede haber desacuerdos, estos son parte de la vida, pero se resuelven cuando hay un para qué.
Más que negocios
Que una pareja trabaje junta, que desarrolle sociedades, emprendimientos laborales o profesionales, puede significar que haya encontrado en ellos un cómo que les permite reafirmar su para qué. Sólo hacer negocios, enriquecer cuentas bancarias, competir exitosamente en mercados, no es la razón de existir de una pareja afectiva. Si así fuera, se habría convertido en una simple unidad de negocios en la vida de sus componentes y dependerían de esto para seguir juntos o no (como suele ocurrir con quienes son naturalmente socios empresariales, comerciales o profesionales).
Pero si una pareja es una sociedad para la vida y en el propósito común que orienta su existencia se cuenta la necesidad de crear, de mejorar el mundo en que se vive, de aportar a la comunidad de la que se forma parte, desarrollar aspectos valiosos de cada uno, aportar valores éticos al quehacer económico y, en fin, explorar junto con el otro en actividades compartidas el sentido de la propia vida, la perspectiva cambia y se enriquece. La empresa comercial, laboral o profesional compartida es una herramienta de un proyecto existencial mayor. Podrá convertirse en un espacio de crecimiento, de mutuo conocimiento, de intercambio emocional. Podrá ser un campo en el cual fortificar la confianza, la interdependencia, la mutua admiración (todos ingredientes del amor). Y se les abrirá, al mismo tiempo, un gran desafío. El de aprender en dónde y cuándo terminan lo empresarial y lo laboral y desde dónde se extiende el campo de la vida amorosa compartida. Una buena construcción amorosa puede cobijar, entre otros aspectos, al proyecto comercial. Pero éste no puede reemplazar al cimiento afectivo ni disfrazarse de él.
Compartir espacios laborales desgasta al amor, dice un extendido prejuicio. También se puede afirmar lo contrario. En todo caso se trata de demostrar lo que se afirma. Cuando existe confianza, lealtad, propósito, respeto, cuidado y amor, no habrá desgaste. Cuando el tiempo y los espacios que se comparten son rutinas huecas, simplemente se confirmará lo que probablemente ya se sospechaba o intuía: que el vacío era previo a la rutina o al mucho tiempo compartido. En verdad, las rutinas son rituales, rutas (de allí viene la palabra) que nos indican destinos. Cuando los vínculos se alimentan de actitudes, de gestos, de hechos, las rutinas los consolidan, se convierten en pequeñas celebraciones cotidianas, alimentan y anticipan la intimidad. Cuando no es así, reemplazan al diálogo, a la comunicación, a la intimidad. En principio se trata de que los negocios no separen lo que el amor ha unido.
Trabajar juntos, compartir la responsabilidad de un emprendimiento, embarcarse en un proyecto económico puede dar lugar al establecimiento de nutrientes rutinas, puede abrir nuevos espacios de contacto y conocimiento en la pareja. Podría reformularse entonces el viejo refrán y decir: dime cómo trabajan juntos y te diré cómo se aman.

Por Sergio Sinay